«Aborrezco la mentira, y creo que en ningún caso puede ser inconveniente ni peligrosa la verdad.»
Milagros le empujó como para echarle fuera. Pero él se acercó más á su hermana, le pasó la mano por las mejillas, y mirándola muy de cerca, prosiguió:
«Veo que te afanas demasiado por lo que poco vale. Tu santidad y tu virtud te ponen en una situación eminente, altísima, desde la cual podrás abrumar con tu desprecio á cuantos te ofendan. Estás mejor, y pronto te llevaremos á casa, á nuestra casa, donde te cuidaremos como nadie, te apreciaremos en lo mucho que vales, y te adoraremos como mereces tú que te adoren... Lejos de afligirte, alégrate y bendice tu libertad... ¡Pobre mártir!»
Tampoco Gustavo era perverso, pero tenía el fanatismo de lo que llamaremos virtud pública.
«¡Pobre mártir!»—repitió lúgubremente María, clavando sus ojos en un lugar vacío de la atmósfera, en un punto donde no había objeto ni forma alguna, sino la vaga, indeterminable proyección de un pensamiento. Después de un momento de silencio, su voz, más débil á cada sílaba, murmuró éstas:
«Yo lo soñaba. Soñaba la verdad, y el error me engañaba despierta...»
Saltando bruscamente de su lecho, gritó:
«¿Dónde está mi marido?
—Ahora vendrá, paloma—repuso la madre besándola cariñosamente.—Sosiégate; mira que puedes recaer.
—¿No fuiste tú quien me llenó el corazón de celos?—preguntó la mártir dirigiendo á su madre una mirada de ira.—¿Pues por qué quieres calmarme ahora?... Que venga mi marido, que venga el Padre Paoletti... Que se vayan los demás. Quiero estar sola con los dos.»