Lanzó un grito agudo, llevándose la mano á la frente.

«¿Qué tienes, cielo?

—Me duele la cabeza...—murmuró cerrando los ojos.—Es un dolor que punza, quema y entra hasta el pensamiento... Esa mujer, ¿no la ves, mamá?... esa mujer me ha agujerado la cabeza con un clavo ardiendo.»

Todos se quedaron mudos y espantados.

«¡Socorro!—gritó la Egipciaca ya en completo estado de delirio.—¿No la veis que vuelve hacia mí? ¿No habrá una mano caritativa que la detenga, que la ahogue? Jesús mío, Redentor mío, defiéndeme!»

A estas palabras siguió un silencio de miedo y pena. Sólo el Marqués, imposibilitado de mandar en su garganta, lo turbó con ahogadas toses. Milagros lloraba. Besando á su hija la llamó con tiernas palabras. Pero su hija no respondía. Con los ojos fuertemente cerrados, su torvo silencio parecía el grave callar de la muerte.

Ya iban á llamar al médico, cuando éste vino. Al punto declaró muy crítico el estado de la enferma, se puso furioso, dijo que declinaba toda responsabilidad porque no se habían cumplido sus prescripciones, y amostazado y lleno de aspereza mandó despejar la alcoba. El momento de los remedios heróicos había llegado. La batalla que poco antes parecía ganada, se perdía ya si Dios no lo remediaba. Urgía desplegar toda la fuerza contra aquella traición súbita de la naturaleza, la cual, pasándose al campo de la enfermedad, dejaba á la ciencia sola, inerme y desesperada.

Concluída la disputa con Gustavo, León estuvo solo un mediano rato. Después sintió la necesidad de andar mucho, porque hay situaciones de espíritu que piden marcha rápida, como si un hilo de dolor estuviera devanado en nosotros y necesitáramos irlo soltando en un largo camino. Paseó por el parque durante una hora. Al volver, y cuando entraba en la sala de Himeneo, vió sobre una silla un sombrero negro de teja. Sentadito en el diván que rodeaba el grupo marmóreo, y empequeñecido por su postura de ovillo, estaba el cuerpo minúsculo del Padre Paoletti. De aquel montoncillo negro vió León salir la cara agraciada y los dos ojos que parecían doscientos, como sale el caracol de su concha estirando las antenas. ¡Cosa extraña! En el estado de ánimo de León, la presencia del buen clérigo le pareció consoladora.

«Me han dicho al entrar—manifestó Paoletti muy afligido,—que la señora Doña María se ha agravado repentinamente. Vea usted la inutilidad de nuestras piadosas mentiras. ¿Habrá llegado la hora de la verdad?