«Y mi marido y esa mujer—añadió,—se verán á todas horas en cualquier sala de este palacio, para contar entre abrazos y besos... (La laringe se resistió de nuevo. También Paoletti sentía un nudo en su garganta.)... entre abrazos y besos los instantes que me quedan de vida... como yo cuento los Padrenuestros con mi rosario.»
Siguió una pausa. El confesor se esforzaba en desatar su nudo.
«Mi buena amiga en el Señor, esa última idea es una cavilación absurda. Oiga usted de mi boca la pura verdad, la verdad que proclamo como sacerdote de Dios. Al grande espíritu de usted no puede ser nociva la verdad. Esa conciencia fuerte no se turbará por la revelación de las miserias humanas, que en nada la afectan, como no afecta el polvo de la tierra á la blancura y limpieza esplendorosísima de las nubes del cielo. Sépalo usted todo, sin quitar nada á la verdad, pero también sin añadirle nada. El Sr. D. León ama, en efecto, á esa señora; él mismo me lo ha dicho, y como no me lo ha dicho en confesión, puedo y debo declararlo á usted. Pero al mismo tiempo, debo afirmar que esa señora no vive ahora en Suertebella, porque su mismo esposo de usted le mandó salir de aquí. Así lo exigía el decoro, que es en el mundo la fórmula ceremoniosa del pudor. Su desventurado marido de usted es incapaz de toda idea moral; pero tiene, gracias á su cultura, la religión de las apariencias, y sabe ponerse á tiempo esa ropa pintada de virtud que el mundo llama caballerosidad.»
María no contestó nada. Su blanca mano, que no había tenido tiempo de adelgazarse con el mal y conservaba su pastosa finura, jugaba con el fleco de la colcha, entretejiéndolo con sus dedos gordezuelos. No lejos de aquella mano estaba la cabeza minúscula y redonda del italiano, el cual si abatía los ojos dejaba en lóbrega obscuridad su cara; pero si los volvía hacia arriba, llenábala de luces, como un torreón de fuegos artificiales.
«No puedo creer—dijo el Padre alzando la vista y envolviendo á María en fascinadora proyección de ella,—que un espíritu fortalecido por el amor divino, como el de usted, se turbe por la verdad que acaba de oir. Yo no puedo imaginarme ahora á mi espiritual amiga empeñada en inquietudes menudas, como una mujer cualquiera, ó apartando el pensamiento de las grandes esferas ideales para pasearlo, como holgazán que mata el tiempo, por las callejuelas de la cavilación mundana. ¿Acierto, mi querida hija? ¿Me equivoco al pensar que esos ojos, hechos á la suavísima luz de arriba, no se dignarán mirar á los faroles de abajo?
—Tengo celos—declaró María con el mismo tono sin duda con que Cristo dijo en la Cruz: «Tengo sed.»
El enano hizo lo mismo que el sayón del Calvario. Cogió una esponja mojada en hiel y vinagre, la puso en una caña y la aplicó á los secos labios, diciendo:
«¡Celos!... ¡Celos quien ha sabido encender su alma en el amor que jamás es mal pagado! O yo no penetré bien en el espíritu de mi ilustre penitente, ó el espíritu de mi ilustre penitente tenía toda la fortaleza, toda la gracia, toda la influencia de amor divino para no incurrir en tales flaquezas. ¿Celos de qué? ¡De otra mujer y por un hombre; celos por quien nada es y de quien nada es ni nada vale!... Encuentro una turbación radicalísima en el espíritu de mi amada hija y penitente. ¿Quién ha traído esa turbación?
—Los celos,» murmuró María desde la hondura de su angustia.
Lentamente, descansando á cada instante, pudo la dama referir todo lo ocurrido desde que la de San Salomó le reveló la infidelidad de León, hasta que perdió el conocimiento. En lenguaje conciso lo dijo todo, sin omitir nada substancioso, ni perder detalle de importancia.