«Fuera de los arrebatos de ira, del coquetismo mundano y de la precipitación, no hallo nada reprensible en el acto,» dijo Paoletti después que, apoyada la cabeza en la mano y los ojos echados al suelo, como un arma que por el momento no se necesita, recogió en su mente la confesión toda, sílaba á sílaba, gota á gota, cual licor destilado en el alambique.

María dió un gran suspiro, diciendo:

«Yo me creía llena de pecado.

—Pecado hubo por lo que he dicho, pero no es grave. En la visita veo el movimiento natural de la esposa para impedir la ruptura del lazo sagrado. Ya he dicho no una, sino mil veces, que el prurito en usted de cultivar la vida espiritual, en él de menospreciar la fe, no eximen al uno ni al otro del cumplimiento de sus deberes matrimoniales. Mientras ambos vivan, atados se hallan por el Sacramento, y si uno de los dos forcejea por romper el lazo, es natural y meritorio que el otro corra á evitarlo, apretando más el lazo si puede ser. ¡Oh, mi nobilísima hija! ¡Cuánto hemos hablado de esto!»

María decía que sí con su cabeza y alzaba los ojos al techo.

«Cuanto era necesario para metodizar la vida preciosísima de usted, lo dije en sazón oportuna—añadió Paoletti, sin recoger del suelo la mirada, antes bien, paseándola por la alfombra como no sabiendo qué hacer de ella.—Bastantes veces la tranquilicé á usted sobre este punto, cuando me manifestaba escrúpulos. «No, no, decía yo: Dios no puede exigir á la mujer casada que haga una exclusión total de las consideraciones, digámoslo así, que debe á su esposo.» Este adquirió un derecho que no prescribe ni aun por apartarse radicalmente en ideas y principios de los principios y las ideas de la esposa. Bueno que le niegue usted su dulcísimo espíritu; que viendo la contumaz incredulidad de él, no le confíe ni un átomo (y digo átomo porque necesito valerme de una idea material), ni un átomo de ese mismo espíritu, de esas galas divinas reclamadas por quien las creó; bueno que no tenga usted con él comercio alguno de ideas, que no le permita esperar que sus halagos desvíen á la esposa de la senda de perfección por donde camina; pero entiéndase que le pertenece todo lo que no es del espíritu, lo que es propio y peculiar manjar del mundo. Usted me refería sus más íntimos y escondidos secretos, misterios delicadísimos de su alma; referíame también hechos y palabras reservadas de su esposo, las cuales apreciaba yo en su justo valor, y fundado en palabras y en hechos, yo trazaba á usted ese régimen de vida, al cual hase ajustado perfectamente hasta ahora en que la veo aturdida y un tanto descarriada. Recuerde usted lo que hemos hablado sobre esto, la argumentación para poner cada cosa en su lugar, y no confundir nunca lo espiritual con lo humano, lo que es de Dios con lo que es de la carne.»

María empezó á decir algo y se detuvo asustada.

«Hable usted, mi tiernísima oveja...

—Mi marido me decía muchas cosas...—murmuró la dama.