El buen Paoletti, alzando del suelo su mirada, irguió la cabeza. No satisfecho con esto y deseando poner sus ojos lo más alto posible, como se pone la luz en una torre para alumbrar á los navegantes extraviados, se levantó. Quería mirar á su amiga de arriba á bajo. Indudablemente el ilustre enano estaba inquieto, desasosegado, y dígase la verdad, poco satisfecho de sí.
«Mi querida amiga—añadió el hombre chico esgrimiendo su mirada como un ángel celeste esgrimiría su espada,—veréme obligado á hablar á usted con una energía que no cuadra bien con la amistad suavísima, ¿qué digo amistad? con el respeto, con la veneración que ha sabido inspirarme, pues últimamente la grandeza de sus perfecciones me ha cautivado de tal modo, que no he podido mirar á usted como penitente, ni aun como amiga espiritual, sino como una santa, como criatura purísima y gloriosísima superior á mí por todos conceptos. ¡Y ahora!...»
Nueva pausa. María Egipciaca, afectada por aquel lenguaje, cruzó las blancas manos y con acento fervoroso exclamó:
«Señor, hermano mío, venid ambos en mi ayuda!
—Llámeles usted con el corazón limpio de afectos menudos, que son, permítaseme decirlo, como el moho del sentimiento—dijo Paoletti, sintiendo que la elocuencia venía en torrentes á su boca;—llámeles usted así y vendrán. Un movimiento espiritual, íntimo, mi dulcísima amiga—añadió llevándose la mano al corazón y apretándola sobre él como una garra;—un impulso hondo, de aquí; un impulso que en una sola energía comprenda dos deseos, el deseo de expulsar esa lepra y el de volver arriba, á esas regiones serenas, iluminadas, radiantes, de donde jamás debió descender... Animo, alma predilecta, en cuyas alas se ven ya cambiantes y reflejos de la luz inextinguible del Paraíso... ánimo y no abatir las alas... te falta muy poco, esto, tanto así—fió á sus dedos la expresión material de la idea;—no mires abajo, que te dará vértigo: mira hacia arriba, y verás las magnificencias que te aguardan, hermosura y dicha superiores á cuanto imagine tu fantasía en los deliquios más placenteros; oirás regaladas músicas y te sentirás penetrada de ese bien infinito, que te envolverá toda, te suspenderá manteniéndote en un vuelo de arrobo infinito, de contemplación angélica. No vuelvas atrás, alma bendita, te lo ruego, te lo pido por tí, por todos nosotros que esperamos tu ejemplo, por el Dios que te creó tan hermosa como obra maestra destinada á su propio recreo y grandeza; te lo pido de rodillas, yo, humildísimo clérigo que nada valgo, que nada soy; pero que he tenido la dicha de encaminarte á tu celestial destino, ¡oh, alma preclarísima! conquistando así un mérito que muy poco vale al lado de los tuyos.»
Pausa. Paoletti se puso de rodillas cruzando las manos.
«De rodillas... usted—murmuró María con voz balbuciente:—no, eso no... Haré lo que usted me manda... pero ¿qué se hace para dejar de sentir lo que se siente?
—Sentir otra cosa—dijo el italiano levantándose.—¡Oh! bien lo sabe usted... que ha educado su corazón y su mente con arte maravillosísimo igual al de los santos. ¿Siente usted, por ventura, enflaquecimiento ó tibieza en su amor á Dios, en su piedad?»