Silencio. María respondió negativamente con un movimiento de su mano. Después, acercando más su cabeza al Padre para que éste la oyera mejor, habló así:
«¿Eso que usted quiere echar de mí impedirá mi salvación si no lo echo?
—¡Oh! ángel de bondad, ni por un momento he puesto en duda su salvación... Eso no. Pues qué, ¿un alma tan llena de merecimientos podría perderse? Sin que usted me lo declare conozco que esos afectos que han venido á conturbarla no van acompañados de rencor, ni excluirán el perdón de los que hayan á usted ofendido. ¿Me equivoco?»
María volvió á negar con la cabeza.
«Entonces la salvación es segura. Si me empeño en arrancar esa hierbecilla, es porque no me contento con que esta alma sea buena; quiero que sea perfecta. No me satisface la victoria, y deseo un triunfo gloriosísimo, para que además de la corona de la virtud lleve usted la de la santidad. Quiero—añadió con énfasis,—que usted suba al cielo bañada en luz esplendentísima, entre las aclamaciones de los ángeles, y que desde el eterno umbral recamado con estrellas de zafir no vuelva la mirada á la tierra ni aun para obsequiarla con su desprecio. Quiero en usted la pureza absoluta, el amor en su esencia divina.
—Todo eso tendré sin arrancarme el afán de la tierra. Si me puedo salvar con él, que Dios me reciba en su seno tal cual soy.»
Paoletti meditaba. De pronto dijo:
«Mi querida amiga, ¿perdona usted de corazón á todos los que la han ofendido?»
Pausa. «Sí—dijo María, cuando ya el Padre había perdido la esperanza de recibir contestación.—Perdono á mi infiel marido, que me ha matado.»
Al decir esto, dos lágrimas corrían por sus mejillas.