—Basta, basta—dijo prontamente y con desasosiego el Padre.—No permito ni una palabra más de esa revista de memorias nocivas al alma. La que luchó entonces por limpiar su espíritu no puede sucumbir ahora.
—No, no sucumbiré—afirmó María, revelando en su rostro lívido el esfuerzo que hacía su alma para romper las misteriosas cadenas que la aprisionaban en la hora tremenda.—Bastante me he mortificado, bastantes batallas he dado en mi mente para despojarle de aquellas perfecciones y dejar desnudo el horrible esqueleto. Este procedimiento de no ver en el sér hermoso más que un esqueleto, me fué recomendado por usted... y ha sido mi salvación... Porque indudablemente mi alma se habría perdido, ¿no es verdad, Padre?... el fin de conquistarme espiritualmente y hacerme suya extraviando mi corazón, ¿no es verdad, Padre?»
A cada pregunta, señal en ella de dudas ó refriega interior, el Padre contestaba afirmativamente con fuerte cabeceo.
«Yo le decía: «Tuya soy en aquello que nada vale; pero mi espíritu no lo tendrás jamás.» A veces me imponía la obligación de estar semanas enteras sin hablarle. ¿No es verdad que hacía bien?
—Mi infelicísima amiga—dijo el italiano suspirando,—está usted refiriéndome lo que mil veces me ha referido. Volvamos esa página sombría, sobre la cual todo lo hemos dicho ya, y hablemos de Dios, del perdón...
—¡Del perdón!...—exclamó la dama alzando su cabeza sin mover su cuerpo.—¿De qué perdón?...»
En sus ojos se pintó un vago mareo, como el que precede al delirio. Incorporóse súbitamente en el lecho con dura sacudida, y oprimiéndose las sienes, gritó:
«No les perdono, no les perdono, no les puedo perdonar... ¡Marido, á tí solo te perdono, si vuelves á mí! A ella...»
No pudo acabar la frase. Retorciéndose los brazos cayó en la cama como un cuerpo muerto. Paoletti miró aterrado los ojos de la enferma clavados en él con expresión bravía. El clérigo sintió en su frente sudor glacial, y el corazón agitado se le salía del pecho. La dama, después de mirarle así, cerró los ojos. La crisis se resolvía en distensión de músculos, y en sollozos y suspiros. Paoletti dijo con voz que se esforzó en hacer cavernosa: