«¡Alma que creí victoriosa y que ahora sucumbes vencida: si no perdonas, Dios no te perdonará!»

Después se arrodilló, y tomando el Crucifijo se puso á rezar contemplándolo. Afligido y lloroso, como pastor á quien roban su más querida oveja, permaneció un rato. La pobre dama no se movía ni hablaba. Al fin, tras doloroso gemido, pronunció estas tristes palabras:

«Soy pecadora y no me salvaré.»

Alma infeliz y llena de congoja, luchaba como el náufrago de los aires, alargando una mano al Cielo y otra á la tierra.

«Estoy transido de dolor—dijo Paoletti, mostrando á María su blanco rostro pueril inundado de lágrimas sinceras,—porque el alma que creí haber ganado para un esplendorosísimo puesto del Cielo, cae de improviso en los abismos...

—¡En los abismos!...—murmuró la Egipciaca con un sollozo de angustia.

—Sí, y pido á mi Dios que la salve, que salve á esta alma queridísima, que no la condene, que tenga piedad de ella... ¡Oh! ¡Señor misericordiosísimo, haberla visto tuya y ahora verla de Satanás!... ¿No es tu perla escogida? ¿Cómo permites que caiga en el lugar del tormento eterno?... ¿No la perfeccionaste, no la purificaste como á joya que había de pertenecerte eternamente?... Alma, oye mi último ruego, si no quieres ver trocada la túnica purísima de la bienaventuranza por vestidura de llamas horribles... Torna en tí, vuelve á tu sér suavísimo y al peregrino estado, donde hallabas deleite superior al que podrían dar á tus sentidos los más delicados aromas, los manjares más exquisitos y las visiones más bellas. Sálvate, no ya del mundo, sino del Infierno.»

Siguió hablando el reverendo poeta con aquella oratoria sentida, patética, un poco teatral, que era propia suya, haciendo gasto considerable de retórica descriptiva, y no perdonando resplandores celestes, ni coros angélicos, ni amor esencial, ni candideces del alma. Cuando concluyó, María, besando el Crucifijo que su amigo espiritual le puso en las manos, derramaba lágrimas y decía:

«Bien: todo lo cedo ante tí, Redentor mío; no queda nada en mí de esta levadura de los afectos menudos. Me lo arranco todo con la vida y lo echo al fuego. Aún queda algo; pero usted, Padre, que tanto puede, me arrancará esta última espina que tengo en el corazón.

—¿Cuál?