—Pruébeme usted que la niña de Pepa no es hija de mi marido.
—¿Cómo he de probar eso, criatura?—replicó asustado el buen Paoletti.—¿Conozco acaso los secretos recónditos de la naturaleza? Podrá ser hija, podrá no serlo.»
Después aquel hombre de buena fe, pero que sólo conocía la superficie, no las honduras del humano corazón, dijo estas palabras:
«La niña es bonita.»
Esto era ser Longinos, tomar la lanza y herir el divino costado para abreviar la agonía. La dama parecía saltar en su lecho.
«Alma escogida—exclamó el valiente Paoletti puesto en pie, fulgurantes los ojos, alta la mano,—desecha esa última turbación, arroja las últimas heces y ten limpio el vaso en que ha de entrar el agua purísima de la eternidad gloriosa.
—Quiero salvarme,—murmuró María, que más parecía un muerto que habla, que un vivo moribundo.
—Pues desecha, límpiate por completo, perdona, ¡oh alma preciosa!
—Desecho, me limpio, perdono,—se oyó en la estancia, como el silabear misterioso de una vida que se escapa por los labios y fenece en ellos.
—Perdona, y tu salvación es segura.»