El enano se agigantaba con la expansión de su entusiasmo místico. Al entusiasmo de María mezclábase un pavor supersticioso que erizaba sus cabellos sobre la sudorosa piel de la frente. Caía desmelenada su cabeza como la hierbecilla inclinada y rota ante la voladora pesadez del tren que pasa.
«Abrazada á esta imagen bendita—dijo el clérigo,—olvide usted todo lo del mundo, todo, absolutamente todo.
—Olvido,—murmuró María en el fondo de aquella sima obscura de abnegación en que había caído.
—Todo, todo... Olvide que existe un hombre, que existe una mujer.
—Olvido,—dijo la voz más quedamente, como si siguiera bajando.
—Hágase usted cargo de que es igual que su cuerpo esté en Suertebella ó en su propia casa. Humille su amor propio hasta llegar á que no le importe nada la victoria terrestre de los malvados. No tenga usted horror al palacio en que está y en el cual hay una capilla consagrada á San Luis Gonzaga, cuya imagen parece el retrato de nuestro amadísimo Luis.»
A este recuerdo María pareció subir.
«Me reconcilio con el palacio. Tu nombre, hermano querido, me alegra. Que tu alma triunfante venga en auxilio de la mía.
—Así, así.