—Cuanto tengo, si es que tengo algo—dijo con voz clara besando el Crucifijo,—deseo que se reparta á los pobres. Mi marido y usted se pondrán de acuerdo. Deseo ser enterrada junto á mi hermano y que se me digan misas de cuerpo presente en el altar donde esté la imagen del santo que más quiero y admiro, San Luis Gonzaga.

—Sí, mi dulcísima amiga; y no se le importe nada á esta alma nobilísima que el altar esté en Suertebella.

—Nada me importa. Perdono de todo corazón, me reconcilio con mi Dios Salvador, y espero.»

Con las manos extendidas, los ojos medio cerrados, Paoletti pronunció grave, despaciosa, solemnemente la absolución cristiana.

«Reconciliada con Dios—dijo luego con voz conmovida,—va usted á recibir la santa comunión.»


XIV
Vulnerant omnes, ultima necat.

La ceremonia anunciada se efectúa después de anochecer con pompa y fervor. El palacio de Suertebella préstase maravillosamente á la ostentación de mil y mil hermosuras, homenaje tributado por las gracias materiales al rito católico. Flores preciosísimas, luces sin cuento son la ofrenda más propia para festejar al Señor de los Señores. Entre tanto brillo, parece que las mismas obras del arte humano se hacen más bellas y se perfeccionan, como si también les tocara á ellas algo del bien que la divina visita trae á la casa. El rumor de llanto que por doquiera se siente, ya en un ángulo de la sala japonesa, ya tras de la estatua griega de perfil majestuoso, completa la profunda gravedad triste del espectáculo. El fervor y el miedo, originados aquél de la idea del más allá y éste de la proximidad de una muerte, se juntan en un solo sentimiento.