El cura de Polvoranca trae la Sagrada Forma de la parroquia cercana, en lujoso coche al que otros muchos siguen con alineación melancólica. Parece que los propios caballos comprenden que no debe hacerse ruido, y pisan quedo. El hermoso pórtico se llena de personas, cuyas caras enrojecen con el fulgor del hacha que tienen en la mano, y confundidas libreas con gabanes, señores y criados están de rodillas. La campana en cuyo son se mezclan el pavor y el consuelo, va clamando por las anchas galerías, despertando de su sueño ideal á las figuras de mármol. El arte serio y el cómico se transforman, tomando no sé qué expresión de temor cristiano. El charolado suelo refleja las luces. Por el techo y las altas paredes corren reflejos rojos y sombras de cabezas. Flores y tapices se inclinan con silencioso acatamiento. Los pasos resuenan con bullicio sobre la madera. Creyérase oir redoble lejano de fúnebres tambores. Después se apagan sobre las alfombras, produciendo efectos acústicos semejantes á los de una trepidación subterránea. Al fin para el ruido y se detienen los pasos. El silencio es sepulcral. La procesión ha llegado á su término. Durante aquel rato solemne todo el palacio está desierto: cuantos en él respiran se hallan en las inmediaciones de la escena. Los que no pueden presenciar el acto, entran con la imaginación en la alcoba llena de luces y suspiros, y gozan ó gimen imaginándose lo que no pueden ver. Desde fuera se adivina la escena y el corazón tiembla. En el pórtico y en las galerías solitarias é iluminadas, la atmósfera muda parece un inmenso aliento suspendido por la expectación del respeto. Todo calla: sólo puede oirse quizás, en el rincón más obscuro, el roce de un vestido que pasa, se desliza, corre y desaparece.
Pasa un rato. Siéntese primero un murmullo, después los pasos nuevamente, reaparece la fila de lacayos con hachas, crece el rumor, se aumenta la claridad, sombras de vivos corren por sobre las figuras pintadas, vuelven á crujir las charoladas tablas; siguen libreas, mucho color, mucho traje, hombres y mujeres de todas clases, rostros indiferentes, otros que revelan pena ó lástima; óyense las sílabas quejumbrosas del rezo del cura y sus acólitos. La procesión, que unos ven con inefable sentimiento y otros con frío pavor, avanza al son de la esquila que agita un niño, el mismo á quien Monina llamaba Guru, y sale por el pórtico, donde unos la despiden de rodillas, otros la acompañan con la cabeza descubierta. Dentro, la fragancia de las flores parece misteriosa huella del pie invisible que ha entrado en el palacio.
Ego sum via, vita, veritas.
Toda la familia asistió al acto, la Marquesa agobiada por el dolor y sin fuerzas para tenerse de rodillas (tan vivamente la afectaba aquel trance temido), el Marqués y sus dos hijos manifestando sinceramente su pena. Concluída la ceremonia se retiraron todos apremiados por los amigos más íntimos. Milagros perdió el conocimiento y fué preciso llevarla á un rincón de la sala japonesa, donde amigas solícitas la rodearon para consolarla. El Marqués, que había perdido la memoria de sus excursiones artísticas por el palacio, huía de los consuelos de importunos amigos y quería estar solo. Allá en un ángulo de la sala de tapices halló lugar propicio á su recogimiento y dolor, y oculto tras de un sátiro de mármol meditaba sobre la vanidad de las grandezas humanas. Gustavo, atendiendo á su madre, se dejaba consolar por el poeta de los arrebatos píos y de las almas cándidas. Leopoldo echaba de su cuerpo suspiros, y temblaba nerviosamente sintiendo aquella glacial caricia de la muerte tan cerca de su persona.
Mucha gente salía, y en el parque los cocheros se llamaban unos á otros dándose los nombres históricos de sus amos: «Garellano, ahora tú; Cerinola, entra; Lepanto, echa un poco atrás.» La noche estaba hermosa, limpia, serena, inundada de la claridad azul de la luna, y el horizonte ofrecía á lo lejos la falsa apariencia de un mar tranquilo. Palidecían las estrellas pequeñas; pero las grandes lograban brillar, retemblando con visible esfuerzo. ¡Naturaleza espléndida, por donde parecía cruzar dulce respiración de calma y amor! Más bien convidaba á nacer que á morir. ¡Cuánto abruma al hombre observar la majestuosa indiferencia de los cielos visibles ante los dolores de la tierra! El más horrendo cataclismo moral, no podía formar la más ligera nubecilla. Todas las lágrimas de la humanidad no llevarían á esos espacios insensibles una sola gota de agua.
León salió de la triste alcoba para decir dos palabras de gratitud al Marqués de Fúcar.
«Querido—le dijo éste estrechándole con cariño las manos,—recibe el pésame de un afligido. Aquí donde me ves, gimo bajo el peso de un disgusto.
—¿Hay algún enfermo en casa?...