Quietud absoluta. ¡Formidable silencio aquél en que María Egipciaca resbaló por la pendiente de la invisible playa, como grano de arena arrastrado por la ola y llevado á donde la humana vista no puede penetrar!
Los que la miraban morir se encontraron solos. Con un suspiro se dijeron que ya la infeliz esposa no existía. Ya se podía hablar en voz alta... El que tenía la obligación de cerrar aquellos ojos los cerró con trémula mano... Temía hacerle daño.
El Padre, puesto de rodillas, rezaba en silencio, la mirada fuertemente contenida dentro de los párpados, como el prisionero á quien se doblan los cerrojos de su calabozo. Contempló León breve rato lo que restaba de quien fué la mujer más hermosa de su época, reuniendo á este privilegio el de ser la más santa de su barrio, y tembló de dolor al choque de las memorias que á él venían, de los sentimientos que en él se encrespaban. ¡Cuán triste hermosura en aquella calma de los despojos tibios, donde lo bello ocultaba tan bien lo fúnebre, que era propio en aquel caso llamar ascéticamente muerte á la vida y vida á la muerte!
Lleno de turbación y rebosando lástima de su corazón oprimido, el viudo salió de la alcoba como si saliera de su juventud. Las fieles amigas de devociones y los criados quedaron allí. Paoletti se retiró á rezar á la capilla. Circuló la noticia por el palacio y se oían lamentos lejanos, bullicio de gente que corría en busca de cordiales, secreteo suspirón de amigos que entraban y salían. León fué á dar á la sala de Himeneo, donde se arrojó en un diván, fijando la vista en el antiguo reloj artístico que en torno al círculo de las horas tenía un renglón curvo, semejante á un triste ceño, con esta inscripción:
Vulnerant omnes ultima necat.
XV
La sala Increíble.
Reuniéronse á él los criados y algunos amigos fieles. Dadas las disposiciones que exigían las circunstancias, se retiró á la parte del palacio próxima á su habitación. Quería estar solo. En medio de su pena, sentía escondida la satisfacción de haber cumplido hasta el último instante obligaciones sagradas. Mandó á su criado que guardara la puerta, no permitiendo que nadie penetrase hasta él, y se encerró en la sala Increíble. Al fin le acompañaba la soledad tan deseada. Podía pensar solo y considerar la marcha de los sucesos, su propia situación, el estado de su alma, echar una mirada al pasado y otra al porvenir. La dolorosa lucha que tiempo há sostenía con un ideal distinto del suyo, había concluído. Estaba libre; pero su libertad venía impregnada de tristeza, porque había sido traída por la muerte; le quitaba los hierros una figura hermosa, melancólica, que no merecía en modo alguno el odio, sino compasión y respeto. El óbice suprimido por la muerte, aposentado en la memoria y aun en el corazón del liberto por la compasión, ganaba dulces simpatías sólo por el hecho de su fin lamentable. Tenía el prestigio de la inocencia y la hermosura del ángel.