Por mucho que León empapara su pensamiento en aquella memoria, si no cariñosa, interesante y patética, no pudo evitar que fuese sorprendido su espíritu por una idea lisonjera. Tenía porvenir. Ante él se abría el pórtico de una vida nueva, donde quizás vería realizado lo que persiguió vanamente en la vida fenecida, completamente rematada en la calma triste de un funeral. Pero lo reciente del duelo le hacía mirar con miedo el porvenir, y sujetaba su mente para no lanzarse á imaginar días venturosos ni á fabricar lindos castillos, todos en la región luminosa de lo probable, pero también en el caos obscuro de lo imaginario. Era para él muy doloroso que en un punto se juntasen el homenaje de respeto y piedad debido á lo que fué y la ilusión de lo que había de ser. Pero la esperanza es como el remordimiento, y viene tan puntual cuando la lógica la trae, que se la creería un don precioso de la conciencia. Así como no se puede cerrar la puerta al remordimiento cuando este viajero llega y toca reclamando su hospitalidad ineludible, no se puede tampoco despedir á la esperanza que viene, atropella, invade, se apodera, se instala y despliega ante la vista el lienzo seductor de los días venideros. No hay ceguera voluntaria que sea parte á impedir el goce de los horizontes de la vida cuando éstos se agrandan y se iluminan por sí. No hay momento en la vida, por doloroso que sea, que no se encadene con los momentos esperados que aún permanecen en los infinitos depósitos, no consumidos, del tiempo. La vida no es más que la apreciación de un más adelante. La Naturaleza ha cooperado en esta ley, no creando ningún sér superior que tenga los ojos en la espalda.
Vacilaba y padecía, no queriendo lanzarse á donde su pensamiento iba con fatal vuelo, y gustaba de atarse otra vez la cadena rota. Creía honrarse apartando de sí toda idea de su propio bien, aunque éste fuera legítimo, y quería que su fantasía procediera noblemente no imaginando nada lisonjero en aquella luctuosa noche. Pero si el espíritu tiene velas maravillosas que lo impulsan y sin las cuales no puede navegar, tampoco puede hacerlo sin un lastre que se llama egoísmo. El egoísmo es necesario. Sin él y con velas se entregaría el hombre al loco arbitrio de los huracanes. Y con él solo y sin velas, queda reducido al triste papel de pontón. Gallarda y perfecta nave es la que tiene en justa medida alas y peso. Meditando en esto, él se negaba resueltamente á ser pontón. Había arrojado al agua todo su lastre para lanzarse como un rayo al oleaje de la contemplación pura de lo ideal, cuando sintió ruido, un rumor que le hizo temblar, como la cuerda tirante en los altos topes tiembla en la horrible trepidación del huracán: era un ruido de traje de mujer mezclado con un suspiro. Cuando miró, Pepa Fúcar estaba delante de él.
León, medroso, no osó preguntarle nada. Tenía ella en su cara el aspecto de un muerto que se levanta por miedo de haberse muerto. Sus dientes chocaban como al efecto de un frío intensísimo. Traía la tragedia en sus ojos y en su mano un papel. León tuvo valor para decirle:
«Por Dios... no vengas á turbarme... Mi pobre mujer ha muerto.
—Y yo...»
El temblor, aquel frío que parecía adquirido al contacto del sepulcro, le impidió seguir. Al fin concluyó la frase: «Y yo há tiempo que he venido... á decirte que mi marido vive.»
León se quedó como quien no oye bien. Su conciencia fué la que gritó un instante después: «¡Tu marido!...»
Se llevó la mano á la cabeza, en cuyo centro toda su sangre parecía circular en remolino.
«¡Vive!