—¿Le has visto?

—Sí, y me habría muerto de espanto si no hubiera pensado que estás tú en el mundo para salvarme y ser mi amparo contra ese bandido.»

Estas palabras llevaron el espíritu de León á un aturdimiento estúpido...

«¿Yo? ¿qué tengo que ver en eso?...—dijo, pugnando por echarse fuera de aquella situación escandalosa, por medio de un sofisma de dignidad.—Déjame... ¿tengo algo que ver con tu marido... ni tampoco contigo?»

En su pecho se había levantado una tempestad de rabia, contra la cual luchó, oponiéndole el decoro, el honor, diques de barro, que se rompían apenas usados. Sintiendo un torbellino en su cabeza y deseando que su amor fuera oído y que las cosas no fuesen como eran, ordenó á Pepa salir de allí. Un rayo de lógica le había destrozado interiormente. Cediendo á un movimiento natural de su alma, que no sabía si era el despecho ó el honor, dijo á su amiga:

«Déjame... te repito que me dejes... No me turbes ahora. No quiero verte, te separo de mí, te expulso.

—No estás en tu juicio—dijo Pepa con dolorida tristeza.—Me arrojarás de esta sala, pero no puedes arrojarme de tu corazón.

—Es que has venido á burlarte de mí—repuso él,—cuando merezco más respeto... Lo que has dicho no será verdad.

—¡Oh! si no lo fuera...—dijo la dama cruzando las manos.—Esta mañana me dió mi padre la terrible noticia; pero yo no creí que el otro tuviera valor para presentarse á mí... Esta noche me hallaba en mi cuarto... sentí ruido en el jardín, me asomé... ví un hombre... era él... la luz que alumbra el pórtico iluminó su cara aborrecida... le conocí. Creí que la tierra se abría y me tragaba... y empecé á temblar de frío y miedo. Instintivamente me eché á correr por toda la casa creyendo sentir sus pasos detrás de mí y su mano que me tocaba. Salí por la puerta de servicio, y si no hubiera puerta, me habría arrojado por una ventana... salí al patio, no quería detenerme... corrí á la calle, tomé un coche de alquiler, y he volado aquí para decírtelo... he esperado mucho tiempo en el museo... no he tenido paciencia para esperar más.

—¿Y tu hija?