—Si hubiera estado en casa la habría traído conmigo... Papá la llevó esta noche á casa de la Condesa de Vera. Yo pensaba ir también; pero supe lo que pasaba aquí, y me entró horror de presentarme en público... me fingí enferma.
—¡En qué triste instante vienes aquí!—exclamó León con honda amargura.—Ni siquiera consolarte puedo.
—¿Qué ves en mi presencia?
—Profanación... escándalo... no sé qué... una espantosa inoportunidad que me hace temblar.
—No tengo la culpa de lo ocurrido. Dios lo ha dispuesto así... Pero no perdamos el tiempo en lamentaciones... pensemos, discurramos lo que se debe hacer.
—¿Quién?
—Nosotros... ¿Me desamparas en este conflicto sin igual? ¿No sabes lo que trama el perverso? Mi padre me enteró esta mañana... Hace dos días que llegó á Madrid y se alojó en casa de sus tíos para acecharme desde allí... No sé quién le ha informado... Creo que serían sus tíos. Gustavo es su abogado... sí, va á entablar querella contra mí... El muy canalla escribió á mi padre esta mañana declarándose arrepentido de sus infamias y pidiéndole perdón... En la carta de mi padre remitía una para mí... Mírala.»
El primer movimiento de León fué rechazar la carta; pero sin saber cómo, la arrebató de la mano de Pepa y leyó lo que sigue:
«Un hombre que se muere no tiene derecho á exigir fidelidad á la esposa que vive. Felizmente para mí, el Señor Todopoderoso ha querido conservar mi preciosa existencia. Mientras llega el momento de abrazar á mi esposa y á mi hija, tengo el honor de poner en conocimiento del primero de estos seres queridos que estoy resuelto á otorgarle mi perdón si se decide á poner de nuevo el cuello bajo el yugo matrimonial, atendiendo á que mi supuesto alejamiento del mundo de los vivos disculpó hasta ahora su desvarío. Pero si el susodicho sér querido se obstina en considerarme destinado á ser pasto de peces en el golfo mejicano, yo me tomo la libertad de asegurarle que estoy decidido á usar de los derechos que la ley me otorga. Mi adorada hija no puede crecer en el impuro regazo del adulterio. Seguro estoy de que la dama de quien tengo el honor de ser esposo no preferirá los halagos de un amor criminal á los dulces deberes de madre; en caso contrario yo entablaré mi querella, contando, como cuento, con los testigos necesarios para hacer la previa información que la ley exige, y reclamaré á mi hija, persuadido de que la ley la pondrá en mis paternales brazos cuando cumpla los tres años.
»Para que mi buena esposa comprenda bien cuán fuerte es mi posición de cónyuge inocente, le ruego dé una vuelta por el despacho de su señor padre, y allí, estante tercero, tabla segunda, hallará la Novísima Recopilación, de cuya interesante obra me tomo la libertad de recomendarle la ley 20, título I, libro II.