Salió por la puerta del museo. Largo rato estuvo León sin poder coordinar sus ideas. Antes de resolver nada concreto, convenía ver la cuestión con claridad y con sus naturales formas y dimensiones, sin hacerla más difícil ni más fácil de lo que realmente era. Pero él mandaba á las ideas presentarse con lucidez y no lo podía conseguir. La disciplina de su entendimiento estaba rota. El gran cansancio físico y el caos intelectual en que se hallaba lleváronle á una especie de sopor, en el cual su mente se aletargaba dejando que desvariaran febrilmente los sentidos. La sala cuadrada le pareció circular, y el muro cilíndrico daba vueltas en torno de él, paseando, con el remolino jaquecoso de un Tío Vivo, las mil estrafalarias figuras que lo adornaban. Eran estampas grandes y chicas, platos y jarros, medallas y esculturas del tiempo del Directorio, que fué la revolución del vestido, trivial apéndice á la revolución del pensamiento. Después de cortar las cabezas, la fiebre innovadora se dedicó á reformar sombreros. La industria no quiso ser menos que la libertad, y en la cúspide del montón de cráneos alzados por el Terror, plantó el figurín.

Allí no había más que hombres embutidos en inverosímiles casacas, estrangulados por corbatas sin fin y sirviendo de pedestales á fantásticos gorros. Unos esgrimían bastones llenos de nudos ó en espiral, y estaban desgreñados como las furias y calzados como bailarines. Cadenas informes y sellos como badajos pendían algunos; de otros no se sabía cuáles eran las piernas y cuáles los faldones, ni dónde empezaba el hombre y acababa la ropa. Parecían chabacana metamorfosis de la humanidad en bandada de aves graznadoras, llevando los lentes sobre el pico y las patas con borceguíes. Las mujeres mostraban media pierna con listadas medias, y en la cabeza torres de pelo, plumas, cartón, cintas, túmulos, veletas, pagodas, flechas, escobas.

Hombres y mujeres corrían en rápido ciclón, abigarrada chusma bufona, de cuyo centro salían silbidos, ayes, befa y risa, entre la confusa masa de garrotes, piernas desnudas, narices, lentes, faldones, abanicos, sombreros. La humanidad actual encerrada en un cañón tan grande como el mundo y disparada á los aires en millones de pedazos, no habría formado sobre el cielo espantado una nube más horrible.

Vió León que del círculo se destacaba una figura y avanzaba hacia él. Al punto se sintió abrasado de un furor semejante al que despierto había sentido en la mañana de aquel día contra su hermano político, furor no contenido ahora por consideración ni respeto alguno. El odiado increíble que hacia él venía era el más grotesco de aquella muchedumbre antipática, y con su infame risa parecía insultar á la razón humana, al pudor, á la virtud, á todo cuanto distingue al hombre de la bestia.

«Execrable animal—gritó ó creyó gritar León, abalanzándose á él y cogiéndole por el cuello,—¿crees que te temo?... ¿Por qué me la quitas?... ¿Dices que es tuya?... Ahora te enseñaré yo de quién es.»

Desarrollaba contra él atlética fuerza y le decía: «¿Tienes derechos? Pues yo los pisoteo... ¿Has contraído lazos? Pues yo los rompo... Mira el caso que hago yo de tus derechos y de tus lazos: el mismo que de tu vida, empleada en el mal y en el escándalo... ¿Me pides que te respete?... ¿que respete en tí la ley, el Sacramento, como los respeté en la infeliz que ya no pertenece al mundo? ¿Cómo te atreves á compararte con ella? En ella respeté la virtud seca, la piedad exaltada, la honradez, la inocencia, la debilidad, la belleza. Pero en tí, ¿qué hay sino corrupción, mentira, infamia, vicios?... No me pidas que te tenga lástima, porque la compasión no se ha hecho para los animales dañinos. No me pidas que te entregue tu hija. ¿Pues qué, un ángel se echa á los perros?... Tu hija te aborrece, tu mujer te aborrece, y yo... te acabo.»

Creyóse rodando por una pendiente obscura con su víctima entre las manos. Sin darse cuenta de ello durmió un rato con agitado sueño. Cuando aquel vértigo insano se calmó por completo en su mente, empezó á distinguir de un modo confuso los objetos; luego los vió salir de la sombra con más claridad. Los increíbles y las increíbles estaban en su sitio con su natural pergenio irrisorio, ni más feos ni más agraciados que antes. No oyó León rumor alguno. Miró su reloj: eran las once y media.

La primera idea que vino á su mente fué la de que debía salir del palacio aquella misma noche y retirarse á su casa. Pensó en María muerta, en Pepa viva, y á entrambas las veía cual si delante las tuviera. Después, como si su pensamiento evocara á esta última, la vió aparecer por la puertecilla del museo, trayendo á Monina de la mano.