XVI
Los imposibles.
«Aquí está—dijo con orgullo.—¿Ves cómo la traigo?»
Su fatigada respiración apenas le permitía articular las palabras. Soñolienta y malhumorada, la pobre niña se dejó tomar en brazos por León, é inclinó la cabeza sobre sus hombros para dormirse allí.
«¿No le cuentas nada?—dijo Pepa, acariciando sus manecitas.—Mona, alma mía, ¿no le cuentas lo que te he dicho?»
La nena cerró los ojos, murmuró algo, entregándose sin cuidado al sueño en el borde del abismo que á los pies de su descarriada madre se abría.
«Se duerme—dijo León, oprimiéndole dulcemente la cabeza para fijarla más sobre su hombro.—Hablemos en voz muy baja, ya que lo terrible de la ocasión nos obliga á vernos y á no estar callados.
—Aquí no puede ser. Se oye desde ese corredor—dijo Pepa levantándose y tomando á León de la mano.—Además, tengo que enseñarte una cosa que está en otra parte. Es un secreto. Sígueme.»
Dejóse guiar. Abrió Pepa la puerta del museo y entraron. Encendiendo una bujía, condújole por una pieza donde había cuadros viejos, y luego por una sala, y otra, y otra. Ella iba delante; León, con Monina en brazos, la seguía sin hacer observación alguna. Al fin reconoció las habitaciones.
«Aquí no penetran los curiosos, ni esa turba de majaderos que han invadido á Suertebella,» dijo Pepa.
Y pasaron á una estancia que era la misma donde Monina había estado enferma del crup. Una criada esperaba las órdenes de Pepa. Era la mujer de un mozo de Suertebella, en quien la señora tenía confianza; y como sus criados estaban en Madrid, sirvióse de aquélla para que á la niña cuidara. A ésta la acostaron pronto, y Teresa quedó junto á la camita, con encargo de avisar si alguien llegaba. Pepa llevó á su amigo á la pieza inmediata.