«Es mi alcoba—dijo la dama, cerrando la puerta.—Aquí nadie nos ve ni nos oye. Aquí está mi secreto. Siéntate... ¡Oh! ¡Dios mío, qué pálido estás! ¿Y yo?...

—Tú también,—repuso León; sentándose fatigado.

—Somos espejo el uno del otro,» afirmó ella tratando de endulzar con un grano humorístico la hiel que ambos apuraban en una misma copa.

El matemático no estaba en disposición de observar la suprema elegancia del dormitorio, cuyas riquezas podrían compararse á las que en tiempos de fe se gastaban en decorar capillas y altares; no paró mientes en los hermosos muebles de ébano incrustado de marfil, ni en el lecho negro, prodigio de ebanistería, que en sus vastas blanduras sin uso, cubiertas con extraña tela obscura y dorada, tenía un no sé qué de tálamo sepulcral; ni se fijó en las pinturas religiosas con marcos de plata, algunas semejantes á las de María Egipciaca, ni en la colgada lámpara esférica, recién encendida, y que, semejante á una luna, derramaba discreta claridad por la alcoba. Rica y misteriosa, la alcoba habría llamado la atención del buen amigo en otro momento; entonces, no.

«Tu secreto... ¿qué secreto es ese?—preguntó impaciente.

—¡Mi secreto!...—declaró Pepa llena de congoja.—¡Mi secreto es huir, huir! Consiente, y de aquí saldremos los tres sin que nadie nos vea.

—¡Huir!... ¡qué loco absurdo!—exclamó él llevándose el puño á la frente.—¡Y en qué momento! Tu conciencia, la mía, nuestro amor mismo deben protestar contra esa idea. ¡Olvidas lo que ha sucedido en esta casa, por Dios! ¡Pretendes que ni siquiera haya en mí el respeto y la delicadeza que exige la muerte! ¡Quieres que apenas cerrados por estas manos aquellos ojos!... ¡Horrible corazón el mío si tal consintiera! Merecería descender á más bajo puesto que el que tienen los que ya me llaman á boca llena el asesino de María... Ni comprendo que puedas amarme viéndome caer tan de golpe en la bajeza de una acción fea, torpe, escandalosamente inicua.»

Cada palabra era para la infeliz una vuelta dada en el lazo que la estrangulaba. Ambos enmudecieron largo rato, sin mirarse. Repentinamente puso ella su mano sobre el hombro del matemático, le miró con aterrados ojos, y con un acento que él no había oído jamás, se dejó decir:

«Pues entonces me voy con mi marido.