—Quema eso, porque no te sirve de nada. Es un arma de doble filo que te herirá á tí misma cuando quieras usarla. Perdóname la franqueza de mis palabras. Con esto podrás acusar á Federico victoriosamente. Por poca justicia que haya en un país, esto basta á meter á un hombre en presidio... Pero si lo haces, el infame debería ir á su destino muy bien acompañado.

—Debería ir...

—Dígolo así porque en España las personas de cierta talla no entran jamás en la cárcel aunque lo merezcan... Pero tu expediente horrible podrá fácilmente cubrir de ignominia...

—¿A otras personas?

—Sí: á una que tú quieres mucho y á quien no puedes desear daño... Pepa, por Dios, quema eso.»

La dama se llevó la mano á los ojos, como queriendo poner un estorbo á sus lágrimas... Sacando nuevamente singular fuerza de aquel depósito inagotable que en su alma tenía, cogió el paquete, lo guardó en el arca de los horrores, y cerró ésta, diciendo: «Lo quemaré más adelante.»

De pie frente á León, dijo en voz baja:

«De modo que es imposible incapacitar legalmente á mi marido...

—Imposible.