—¿Es imposible oponer un acto legal á su querella?
—¡Imposible! Ahora comprenderás perfectamente la vacilación de tu padre, su flaqueza acomodaticia; la cual no es sino el miedo..., miedo de entrar en pleitos con su enemigo, con el que un tiempo ha sido su cómplice. Todo es imposible, querida.
—No, no. ¿Por qué buscar siempre los caminos torcidos? Hombre, amigo, amante, esposo, ó no sé qué, á quien legitimo con la elección de mi alma, imítame en mi osadía—dijo la dama con bravura, mostrando aquella resolución valiente que en ocasiones la hacía tan bella.—Nos queda el camino recto, el camino fácil, el único camino: la fuga. El coche nos espera, nada nos estorba, nada nos falta... Tú eres rico, yo más... todo nos favorece, todo nos precipita.
—¡Imposible... locura!—murmuró León sombríamente.
—¡Locura!... en verdad lo parece; pero no lo es... Parece un absurdo, un escándalo, un infame reto á la moral, y sin embargo, para mí que conozco el peligro y sé qué clase de enemigo tenemos, es cosa natural... ¿Crees que yo te propondría un escándalo semejante si no lo creyera necesario?... ¡Ah! tú no lo conoces, no sabes que yo, mi hija, tú, todos estamos en peligro... Temo un insulto, un duelo contigo, temo un homicidio... Los momentos son preciosos... El no respeta nada. A cada instante me parece que le veo entrar...
—¡No y no!» repitió León con energía poderosa que tenía algo de crueldad.
Pepa, que en su osadía no cesaba de estar dominada por él, no se atrevió á protestar contra la espantosa fiereza que cerraba el único camino abierto á su felicidad. Temía que su insistencia provocara imposibilidades mayores aún, y miraba á la esfinge, esperando que de ella misma partiera una solución al problema que, según ella, la tenía tan fácil. Cansada de esperar, dijo al fin:
«Pues si todo es imposible, seguiré el dictamen de mi padre, abriré mis brazos al canalla...
—¡Tú en poder de ese monstruo!—exclamó León como una cuerda tirante que estalla.—Sería preciso para tal consentir, que ni una sola gota de sangre me quedara en las venas.
—Pues si el monstruo se aplaca con el Código—dijo Pepa con sarcasmo,—le arrojaré á mi hija y me marcharé á vivir contigo.