—Sabrás algún modo secreto de hacer milagros... Tendré que pleitear, pleitearemos contra él los dos, tú y yo.

—¡Los dos! Entonces perderás, y tu hija te será arrancada sin que nadie pueda remediarlo.

—Pues bien, puesto que me cierras todas las salidas, abre tú una: es tu deber.

—Mañana—dijo León lúgubremente, mirando al suelo,—te abriré la única posible.»

Pepa hizo un gesto de desesperación.

«¡Mañana!—exclamó pasando de la desesperación al decaimiento cual ascua que de fuego se trueca en ceniza.—Tus mañanas son mi muerte.

—¿Insistes en la idea de la fuga?

—Insisto, porque cada minuto que estemos aquí tú, yo y mi hija es un peligro para los tres... Esta noche, fúnebre para tí, es para mí la noche decisiva. Es capaz... ¡qué sé yo!... Todo lo preveo y todo me hace temblar... ¡Me inspira tanto miedo, tanto!... Tengo por seguro que al saber que estás aquí, vendrá y te provocará... ¡un duelo con él!... También temo que me insulte, que se me ponga delante... Siempre te aborreció... temo hasta el asesinato... me veo amenazada por no sé qué horrores... veo sangre... ¡Y es tan fácil salir de este círculo de miedo!...»

León iba á contestar, cuando creyó sentir rumor de pasos y cuchicheo junto á una puerta que en la alcoba había.