«Hablando con claridad y prontitud, sí,» contestó.
El insigne joven se acercó lentamente.
«Nosotros nos vamos de esta casa—dijo,—que es para nosotros la mansión del horror y de la tristeza. Tú, por lo que veo, aún permanecerás en ella, atado por tus intereses y por tus pasiones. Te dejamos con gusto. Mamá te suplica por mi conducto que le hagas el favor de no presentarte á ella para despedirla.
—Ya había yo renunciado á ese honor—repuso León con irónica frialdad.—Hazme el favor de transmitir esta idea á toda la familia.
—Está bien. Y complaciéndome en ser lo contrario de tí—dijo el letrado, llevándose la mano al pecho,—opongo mis principios á tu ironía filosófica, y te declaro que mamá, papá y todos nosotros te perdonamos.
—Dales las gracias en mi nombre. Estoy encantado de tan cristiana conducta.
—Te perdonamos, no sólo por el triste fin...
—¿Más todavía?
—No sólo por el triste fin de mi hermana, sino por el ultraje que has hecho á sus santos despojos.»