León se mantuvo sereno y digno en su muda tristeza.
«¿Vas á protestar? ¿te atreverás á negarlo?—dijo el otro.
—No, no niego nada. Gozo dejándote en la posesión, poco envidiable, de tus bajos pensamientos.
—Pues dejemos ese horrible asunto. Nosotros convencidos, tú impenitente, cada cual en su lugar. Antes de separarnos para siempre quiero advertirte que yo no he apadrinado á Cimarra, ni le he azuzado contra tí. Llegó á mi casa, consultóme, le aconsejé, le hice el escrito. Lo demás será obra suya.
—Vive tranquilo. No se turbe tu conciencia por eso, que defendiendo sus legítimos derechos podrás llevarle por la mano al camino de la salvación.
—Tus burlas de ateo no turbarán mi conciencia, que si está lejos de ser pura, no deja de ver con claridad el bien. No sé si el arrepentimiento de Federico es sincero ó no. En buena doctrina no puede rechazarse al hombre que confiesa sus culpas y se declara resuelto á variar de conducta. El decirse arrepentido puede traer el desearlo, y el desearlo es andar una parte del camino para llegar á serlo de veras... ventaja que la perversidad de aquel hombre tiene sobre tu empedernido descreimiento, pues ni confeso ni arrepentido podrás ser jamás.
—Te suplico—dijo León,—que me evites el efecto soporífero de tus sermones, que por cierto están empapados en la heterodoxia más abominable. ¡Valiente apóstol tiene la Iglesia!... Para informarme de la despedida y del perdón de tu familia, podría haber venido Polito, que no sermonea.
—Él quería venir, pero mamá se lo ha prohibido... Le infundía temores su carácter arrebatado. Todos esperamos que entrando ahora en la vida esencialmente moralizadora del matrimonio, sentará la cabeza y se curará de los infames vicios que nos abochornan.
—¿Se casa Leopoldo?... ¡Oh! permíteme que felicite á su mujer, aunque no tengo el gusto de conocerla.
—Las diferencias que había entre mi familia y la familia de Villa-Bojío han terminado anoche, cuando la madre de la novia de Polito visitó á mamá, prodigándole los más tiernos consuelos. La de Villa-Bojío acaba de perder un niño. Ambas madres confundieron en una su pena, y quedó acordado que Leopoldo y Susana se casarán cuando pase el luto.