XVIII
El cónyuge inocente.

Al anochecer salió León de su cuarto para pasar al que fué de su mujer. Había allí varios objetos que le correspondía recoger. El palacio estaba ya desierto; oíase el eco de los pasos; la escasa luz multiplicaba las sombras. Creyó ver una figura que viniendo del pórtico entraba en la galería principal, andando despacio y con cautela como los ladrones, poniendo oído á los rumores, reconociendo el terreno. La sospecha primero, el odio que le siguió instantáneo como el tiro á la aplicación de la mecha, detuvieron á León, impeliéndole á esconderse para observar aquella figura sin ser visto. Ocultóse detrás de una luenga cortina, y en efecto, le vió pasar. Era él. Se lo revelaba, más que la vista, un instinto singular que emanaba del aborrecimiento, como por arte contrario ciertas delicadas adivinaciones nacen del rescoldo nobilísimo del amor.

Pasó con su andar de gato, parsimonioso y explorador. Entró en una galería alfombrada, llamada de la Risa, por contener riquísima colección de caricaturas políticas, tomadas de periódicos de todas las naciones y extendidas por los muros en grandes cuadros cronológicos, que eran la historia del siglo escrita en carcajadas. En los ángulos había cuatro biombos del siglo XVIII, adornados con los dibujos que no habían cabido en las paredes. León se deslizó detrás del que tenía más cerca y observó al intruso. Este se sentó en un gran diván que en el centro había.

Para explicar satisfactoriamente la presencia de un tercer personaje en la Galería de la Risa, es necesario referir que al entrar en Suertebella, el hombre intruso habló con un criado de escalera abajo en cuya discreción confiaba.

«Hazme el favor—le dijo,—de ir á la capilla y decir al Padre Paoletti que he venido aquí para hablar con él de lo que él sabe; que le espero arriba en la Galería de la Risa. Enséñale el camino: no tiene más que subir la escalerilla de la tribuna, atravesar el cuarto de los cuadros viejos y el corredor chico.»

León sintió el duro pisar de unos pies de plomo aproximándose. Después vió que la puerta del corredor pequeño se abría dando paso al clérigo pequeñísimo. Pudo reconocerle muy bien, porque la Galería de la Risa tenía grandes vidrieras para el pórtico, aquella noche, como siempre, profusamente iluminado. Adelantóse el intruso hasta recibir á Paoletti, y sentados ambos, el clérigo dijo:

«Sus respetables tíos me anunciaron anoche que usted quería hablarme; pero no creí que sería esta noche ni en esta casa, sino más adelante y en mi celda.

—Pensaba hablar á usted de una cosa, más adelante y en su celda—repuso el otro.—Ya comprenderá que al venir aquí esta noche no quiero hablarle de esa cosa, sino de otra. Es decir, que son dos cosas, querido señor Paoletti, una muy interesante y otra muy urgente.