El clérigo se volvió á sentar.

«No, no se trata aquí de confesonario. Si á él fuera, sería yo un hipócrita. Mal cuadraría la farsa en mis labios, que gustan de decir la verdad, aunque esta verdad salga de ellos metiendo ruido y amenazando como del cañón la bala. Déjeme usted que le diga algo de mí propio, para que mejor comprenda mi pretensión urgente.»

Dijo que reconocía su escaso mérito, que el mundo moral era para él como un palacio cuyas puertas estaban cerradas... Y por su parte, no se encontraba con ganas de mortificarse para poner sitio al susodicho palacio ni para escalar sus muros. Tenía la suerte ó la desventura (que esto le era difícil decirlo) de no creer en Dios ni en cosa alguna más allá de esta execrable cazuela de barro en que estamos metidos, y con tan cómoda manera de pensar disfrutaba de una tranquilidad sombría que, teniendo su espíritu en perpetuo letargo, le permitía recibir con indiferencia sabrosa los juicios buenos ó malos del mundo... Alarmado y lleno de miedo el clérigo al oir tan horrible profesión de fe, quiso de nuevo marcharse diciendo que él era confesor de gentes, pero no domesticador de fieras, con lo que el otro se sonrió, y deteniendo al Padre le habló así:

«Aún me falta decir algo que tal vez agradará á usted... Me siento fatigado. He sido rico y pobre, poderoso y humilde; he visto cuanto hay que ver y gozado cuanto hay que gozar. En negocio de mujeres sólo diré que en general las desprecio. No creo en la virtud de ninguna. Si me pregunta usted mi opinión sobre los hombres, le diré como el poeta escéptico: plus je connais les hommes, plus j’aime les chiens.

—Aconsejo—indicó Paoletti con ironía,—que se vaya usted á vivir en una sociedad de perros, ó que funde una colonia canina, donde se encontrará más á sus anchas. Estoy esperando á ver si brota alguna chispa de luz de la torpísima negrura de su alma, y nada veo.

—Voy á tocar el punto delicado. Ya sabe usted lo de mi mujer. Cuando yo pasaba por muerto, mi mujer amó á otro hombre. Yo creo que le amaba desde hace mucho tiempo, porque eso no se improvisa. Pepa me aborreció desde que me casé con ella. Verdad que yo hice todo lo posible para que me aborreciera. La traté mal, quise envilecerla, la comprometí mil veces con mis atrocidades pecuniarias; con sus ahorros sostuve el lujo de otras mujeres; mi lenguaje con ella no fué nunca delicado, como no lo fueron mis acciones. La consideraba como un buen arrimo y nada más.

—Basta—exclamó con horror el Padre apartándole de sí, como se aparta un objeto inmundo.—Si eso es confesión de culpas, lo oiré; pero si es asqueroso alarde de cinismo, no puedo, no tengo estómago...

—Me ha interrumpido usted en lo mejor... iba á decir que ahora mi mujer me inspira cierto respeto, que me reconozco muy culpable y muy inferior á ella, que merezco su desprecio, y que es cosa muy natural y hasta legítima, en teoría... advierto á usted que yo también tengo teorías... pues digo que me parece natural que Pepa ame á otro hombre, tan natural como lo es que las aves hagan sus nidos en las ramas del árbol en vez de hacerlos entre las mandíbulas del zorro.

—Nunca es natural y legítimo que una mujer casada ame á un hombre que no es su marido—dijo Paoletti con solemnidad.—Lo natural y legítimo es que su señora de usted, en vez de admitir el amor de un hombre casado, contribuyendo así al martirio y á la muerte de un ángel, hubiera dedicado á Dios por entero el corazón que usted no merecía.

—El misticismo es un agua figurada que no satisface á los sedientos. Ella no ha querido aficionarse á un fantasma, sino á un hombre. Tengo motivos para presumir que le amó desde la niñez. En una de nuestras acaloradas disputas, que eran un día sí y otro no, me dijo: «Tú no eres mi marido ni lo has sido nunca; mi marido está aquí,» y se señaló la frente. Otra vez me dijo: «El casarme contigo fué una manera especial que tuve de despreciarme.» En fin, querido Padre, hoy por hoy yo siento un poquillo de respeto hacia esa desgraciada que fué mi víctima. Como mujer no me interesa. Nada dice á mi corazón, ni á mi imaginación, ni á mis sentidos. El amor casi casi le toleraría romper el lazo para contraerle con otro; pero el amor propio no puede permitirlo. Además, sépalo usted, yo aborrezco á ese hombre; creo que le aborrezco desde que estuvimos juntos en el colegio; pienso que mi antipatía y el amor de ella han ido paralelamente hasta este momento terrible en que se encuentran, se tropiezan, se traban en batalla y... yo he de vencer, yo he de vencer.