—Usted trata de hacer valer sus derechos. Esto no me incumbe. Yo no soy abogado del derecho, sino del espíritu.

—Voy al caso. Aquí se juntan la moral y el derecho, y ambos están de mi parte—afirmó el otro con energía.—Yo soy el fuerte, ellos los débiles; yo soy el ofendido, ellos los criminales; á mí me amparan la religión y la moral, Dios y su ley, la Iglesia y la opinión pública; á ellos nada ni nadie les ampara. El terreno en que me coloco es terreno firme, es el más propio para quien, como yo, quiere reconciliarse ahora con los grandes organismos que gobiernan el mundo, y ser una rueda útil de la máquina social. Seguro en mi puesto y ayudado por la justicia humana y por la que llaman divina, he pensado perseguirles en el terreno legal, apurar todos los medios, no dejarles vivir, no darles tregua ni descanso, cubrirles de deshonor, rodearles de escándalo... acusarles con el Código en una mano y las prácticas de la Iglesia en otra. Esas son mis armas; pero ha de saber usted que mis respetables tíos y mi respetable suegro han estado todo el día concertando un arreglo. ¡Ah! mi esclarecido suegro es hombre eminentemente práctico y aborrece la exageración. Me ama como se podría amar á un dolor de muelas. Por desgracia suya, ese hombre que todo lo puede en nuestra sociedad, y que trata á los españoles como á negros comprados ó á blancos vendibles, no puede nada contra mí. Las armas legales con que me ataque se volverán contra él...

—¿Y decía usted que el venerabilísimo señor D. Justo Cimarra y el Sr. D. Pedro han concertado una componenda?—preguntó Paoletti, que á pesar de su entereza dejábase vencer un poquillo por la curiosidad, sentimiento desarrollado tras de la reja de las culpas.

—Separación amistosa, convencional. Pero no hay nada positivo aún, reverendísimo señor. Todo depende del filósofo, del geólogo, del buscador de trogloditas. Gustavo me ha dicho que tienen todo dispuesto para la fuga, y lo creo... ¡Oh! confieso que puesto yo en el caso de él haría lo mismo.

—Pues por mi parte aseguro que nada de eso me importa—dijo Paoletti sobreponiéndose á la curiosidad.—Me habla usted de litigios y nada de la conciencia.

—Ahora voy á hablar de esa señora. Usted sabrá que yo tengo una hija.

—Ya...»

Sintió de nuevo el clérigo en sí el aguijoncillo de la curiosidad.