—Pues no insisto. Tengo la virtud de no ser pobre porfiado. Se acabó la parte urgente de nuestra entrevista. Usted dispensará mi atrevimiento.

—Dispensado.

—La cosa interesante que pensaba tratar con usted, y que podía diferirse, se enlaza con lo que acabo de decir. Supongamos que mi mujer cede ante la ley, domina su pasión y manda á paseo al geólogo... Pasado algún tiempo, fácil le será á usted, dado su predicamento entre las damas, llegar á ser director espiritual de Pepa.

—Yo no voy á donde no me llaman.

—Pepa tiene muchas amigas entre las que forman, permítaseme la frase, la familia espiritual del Padre Paoletti. La Condesa de Vera principalmente...

—Me honra con su amistad; yo la dirijo.

—Pues bien. Si usted quiere dirigirá también á Pepa. Su misma soledad la llevará al misticismo. En el pensamiento de las pobres mujeres débiles, allí donde acaban las ilusiones empiezan los altares.

—En lo que oigo puede haber una intención santa y buena. Si se trata de que yo intervenga para arreglar un matrimonio desavenido, y traer hacia Dios á dos almas que pertenecen al Demonio, la idea me parece excelente. Mas para que esto pueda ser, principie usted por abjurar sus pestilentísimos errores y ser católico sincero...

—En cuanto á eso, mi propósito es no desentonar en el convencionalismo general. Yo quiero reconciliarme con la sociedad, respetar sus altas instituciones, ser hombre de orden, no dar escándalos ni tampoco malos ejemplos á las muchedumbres ignorantes, las cuales, basta que nos vean á los de levita huir de la Iglesia, para que se crean autorizados á robar y asesinar. No pienso volver á coger un naipe en la mano, y sí trabajar mucho en los negocios hasta labrarme una fortuna por mí mismo. Farò da me. Estoy seguro de que saldré adelante y aun de que dejará de llamarme bandido ese Marqués de Fúcar que se cree poco menos que un Dios, y al fin no se desdeñará de entrar en tratos financieros conmigo. La generación actual tiene en alto grado el don del olvido. Es fácil rehabilitarse en una sociedad como la nuestra, compuesta de distintos elementos, todos malos, dominados por uno pésimo, que es, permítaseme lo soez de la palabra, el elemento chulo. No extrañe usted la crudeza de mis expresiones. Ego sum qui sum. Donde la mitad de los matrimonios de cierta clase son menages à trois; donde la Administración debería llamarse la prevaricación pública; donde los altos y los bajos se diferencian en la clase de ropa con que tapan la deshonestidad de sus escándalos; donde hay un pillaje que se llama política; donde la gente se arruína con las contribuciones y se enriquece con las rifas; donde la justicia es una cosa para exclusivo perjuicio de los tontos y beneficio de los discretos, y donde basta que dos ó tres llamen egregio á cualquier quidam para que todo el mundo se lo crea, es fácil labrarse una toga de honradez, y ponérsela, y ser distinguido hombre público y patricio ilustre, y figurar retratado en las cajas de fósforos. Yo me comprometo, si pongo empeño en ello, á hacerme pasar por canonizable dentro de dos ó tres años. Pero de eso á hacerme mojigato hay mucha distancia. No se moleste usted en echar un remiendo á este matrimonio que ya está roto. Si ella, por instinto de honradez, despide á su amante y se queda sola, hágala usted beata, que esto la consolará mucho. Que mi mujer sea devota, muy santo y muy bueno. A mí me gusta la gente edificante. Déjeme usted á mí que me rehabilite en la sociedad por otro camino. Lo que yo desearía de la bondad y catolicismo de usted es que, después de dominar completamente el espíritu de Pepa, y lo dominará sin intentar reconciliarnos, la indujera á permitirme ver á mi hija. Para esto no será preciso que yo venga aquí, cosa que no deseo porque siempre me ha aburrido este Suertebella, sino que me la lleven á casa, usted por ejemplo... Vamos, que la dejen ir á comer conmigo dos veces, una vez por semana, y nada más.