—¡Qué amarguísimo nihilismo!—dijo Paoletti, no sacando ya los superlativos de un tarro de dulce, sino de un depósito de hiel.—Muchos hombres así he visto en la sociedad española; pero usted les da quince y raya á todos.
—Tengo el mérito de decir lo que siento.
—Para concluir, caballero Cimarra: usted es tan abominable, que no hay posibilidad de satisfacer el único deseo legítimo que nace casi invisible en esa alma llena de tinieblas, aridez, podredumbre y miseria. No cuente usted conmigo para nada. Si la señora se arrepiente y arroja á su amante, y soy llamado, como es posible, á dirigir su conciencia, procuraré primero hacerla sanar de la criminal dolencia que padece, y después encaminaré su espíritu á Dios, única salvación de las pobres mujeres que han tenido la flaqueza de amar á hombres indignos. ¡Oh! ¡qué dulcísimo gozo sería para este pobre combatiente ganar á Satanás una nueva batalla! Usted no existe para mí. Y no me detenga más, que vuelvo al lado de mi queridísima muerta.
—Yo no bajo á la capilla. Tengo horror á los muertos. Perdóneme si le he molestado, Padre.
—No olvidaré rezar por usted.
—No me opongo, antes bien lo agradezco.
—Le aguardo á usted el día del arrepentimiento.
—Gracias... Yo no merezco tanto. Adiós. Mil perdones.»
Retiróse tranquilamente el clérigo chico. Sus pasos de plomo se perdieron en el silencio del corredor. Poco después salió Cimarra por el mismo sitio y bajó por la escalerilla de la tribuna sin entrar en la capilla, cuya iluminación de mortuorias hachas, saliendo por las altas vidrieras de colores, le infundía más espanto que respeto. Se paseó por el desierto parque buscando la sombra de los árboles cuando sentía pasos. A ratos se tentaba el bolsillo para ver si no había perdido el coche de muñecas tirado por dos corderos... En una de las vueltas de su nocturno paseo, vió entrar el carruaje del Marqués de Fúcar, y desde su escondite lejano le dirigió estas palabras, más bien pensadas que dichas: «¡Ah! Traficante, ¡qué ojos le echabas esta tarde en la calle de Alcalá á la real prójima que he traído de los Estados Unidos!... ¡Júpiter, ya querrías que fuese para tí!»