—Allí está... allí...
—¿Quién?
—Un hombre... Ha entrado de repente... está besando á la niña.
—¡Oh, será él...!—exclamó Fúcar consternado.
—¡Él!
—Quedamos en que no vendría.
—¡Es él... él aquí!—grito León perdiendo de súbito la lógica, la serenidad, las ideas, la razón, la prudencia, el llanto, y no siendo más que un demente...—¡Que entre! ¡Se atreve á profanar esta morada!... Me alegro que me encuentre aquí... ¡le arrojaré como á un perro!»
Miró á la puerta... apareció en ella un hombre. Pepa, lanzando desgarrador grito, cayó sin sentido. D. Pedro quiso enlazar con sus fuertes brazos á León para aplacarle, y el anciano venerable corrió indignado á detener al que estaba en la puerta.
«¡Por piedad, por todos los santos!...—exclamó D. Pedro.