—Atrás—gritó D. Justo;—no des un paso más.

—¿Qué buscas aquí?—dijo León con insolente desprecio.

—Vete—ordenó el magistrado á su sobrino.—¿Olvidas lo pactado?

—No: el pacto no rige aún—repuso el otro sin avanzar un paso, mirando á León con la glacial fiereza de una bestia felina.—He venido á ver á mi hija por última vez. No faltaré al compromiso si los demás lo cumplen. No tengo interés en venir aquí con tal que no estés tú.

—Te suplico que salgas,—dijo D. Pedro á Federico.

—Él primero.»

La imagen tétrica y sombría del que estaba en la puerta no se movía.

«Él primero,—repitió Federico.

—Sí: yo primero, monstruo; así debe ser.»

Al mismo tiempo D. Pedro y la criada acudían á Pepa, y alzándola en sus brazos, la extendían sobre el sofá.