«Tú primero—repitió Cimarra, en quien el cinismo se obscureció un momento para dar paso á un poco de dignidad.—Si así no fuera, yo...
—Sí: yo primero—afirmó León.—Es justo.»
Y dirigiéndose á la dama, que sin conocimiento reposaba pálida, inerte, la contempló un rato. Mirando después á Cimarra, se inclinó sobre Pepa, la besó en las mejillas con ardiente cariño, volvió á mirar al de la puerta, y le dijo:
«Estafermo, mira cómo me despido de la que llamas tu mujer... Si esto es crimen, mátame: tienes derecho á ello. ¿Has traído arma?
—Sí,» dijo lúgubremente Federico metiendo la mano en el bolsillo del pecho.
Entonces pareció que de aquel sér abyecto, verdadero cadáver con prestada existencia, brotaba súbitamente, como fuego fatuo que salta sobre el estiércol, un chispazo de decoro, de energía, de dignidad. Fuése derecho á su rival, la mano armada, la voz rugiente, la mirada amenazante. León le esperó con calma. D. Pedro y el anciano sujetaron á Federico impidiéndole todo movimiento. Forcejeando trabajosamente con él lograron llevarle fuera. León entre tanto permanecía en medio de la habitación con los brazos cruzados.
«¡Fuera de aquí!—gritaba el anciano á su sobrino.
—Yo me encargo del otro,» decía D. Pedro.
D. Justo Cimarra se llevó, casi á rastras, á Federico, y no permitiéndole detenerse ni un momento, le sacó del palacio.