Con tanta firmeza como dolor salió León por la otra puerta. Acompañóle Fúcar hasta la sala japonesa, donde le dejó arrojado en un diván como cuerpo sin vida.
«Vete, vete de una vez y acaben estos afanes,» dijo, corriendo á donde había quedado su hija.
XX
Final.
Largo rato estuvo allí León sin conciencia del tiempo que transcurría. Lentamente volvieron sus alteradas facultades, si no al reposo, á un estado en que les era posible la apreciación exacta de los hechos. Se levantó para retirarse, y pasó de una sala á otra buscando el camino del pórtico. Ya cerca de él se detuvo, creyendo oir cuchicheo de visitantes. Torciendo el camino bajó por una escalera que al paso encontró y que le condujo á la crujía baja. Por allí quiso buscar la salida al jardín. Después de andar un rato por los largos y tortuosos corredores de servicio, vió en el extremo de ellos una puerta; empujóla.
Toda la sangre se le agolpó al corazón y sintió en su interior como el golpe de una caída súbita al verse en la capilla, iluminada por funerarias luces. Echó mano al sombrero, tendió la vista. Sobrecogido, incapaz de movimiento, con la vida toda en suspenso, permaneció un rato junto á la puerta, percibiendo en la vaguedad de su estupor un montón de llamas rojizas y afiladas que, alargando sus trémulas puntas hacia el techo, surgían de la cera derretida y lloraban en chorros amarillos. En el centro y en la base de aquella pirámide de luces estaba, como en el trono mismo del respeto, un fúnebre objeto yacente. Ropas blancas, unas manos de mármol, eran lo único que desde allí podía verse.
Llamó á sí todo su valor de hombre para acercarse. Antes de dar un paso miró en derredor. No había nadie allí; no se sentía ni siquiera el rumor de la respiración de un vivo junto á los fríos despojos humanos, engalanados con la vestidura del negro tránsito y custodiados por el silencio. La efigie de un adolescente pálido se alzaba en el altar: sus ojos, pintados sobre la madera, medían de un extremo á otro la capilla, observando á todo el que entraba, y parecían decir: «¡Malvado, no la toques!»
León avanzó despacio, apagando el ruido de sus pasos para no sentirlo él mismo. El respeto, la santidad del lugar, la espantosa vacilación que sentía entre la idea de retroceder y la de acercarse, hiciéronle pasar por distintos estados morales, ya de curiosidad anhelosa, ya de miedo ó superstición, durante aquel viaje de veinte pasos desde la puerta al centro de la capilla. Podría asegurarse que el temor le detenía y la desgarradora curiosidad del temor mismo le empujaba.