—¿A dónde te escribo?
—Ya te lo diré... Vamos hacia tu casa. No quiero que vuelvas sola. Nos separaremos allí.
—Acompáñame hasta la puerta del museo; por allí salí y por allí entraré.»
Anduvieron un rato. León la rodeaba con su brazo derecho, y con la mano izquierda le estrechaba ambas manos.
«Está obscura la noche,—dijo ella obedeciendo á esas inexplicables desviaciones del pensamiento que ocurren cuando éste actúa más fijamente en un orden de ideas determinado...
—¿Estás contenta?—le preguntó León queriendo dar al diálogo un tono ligero.
—¿Cómo he de estarlo cuando te vas? Y sin embargo, lo estoy por lo que me has dicho. No sé lo que hay en mí de júbilo y pena al mismo tiempo. Yo digo: «¡qué dicha tan inmensa!» y digo también: «¡si me muero antes!...»
—En mí sucede lo propio,» replicó León sombríamente.
Llegaron á la puertecilla del museo.