«¡Hombre, por Dios!—exclamó Pepa con amante solicitud, alzándole el cuello de la levita.—Que te constipas... hace frío... déjate cuidar... así.

—Gracias, querida mía. Es verdad que tengo frío.

—Pero qué, ¿nos separamos ya?

—Sí. Ahora ó nunca.»

La dama tuvo ya en sus labios las palabras Pues nunca; pero no se atrevió á pronunciarlas.

«¿Me escribirás con frecuencia, chiquillo?

—Todas las semanas.

—¿Cartas largas?

—Largas y difusas como el pensamiento del que espera.