—Si pudiéramos eso...
—Pero no: hemos de separarnos. Separados hemos estado toda la vida, y ahora me parece que es la primera vez que te digo adiós. Tú á ese caserón; yo á mi palacio.
—Espérame con tu hija.
—¡Oh! qué triste pensamiento me ocurre!... Si tardas mucho, Monina no te va á conocer cuando vuelvas, ¡alma mía!... te tendrá miedo.
—Se acostumbrará pronto.
—Pero ¿no vuelves mañana á casa?
—¿Para qué? ¿Para que una nueva despedida nos haga más amarga nuestra separación? Si te viera otra vez, quizás me faltaría valor.
—Mandaré á la niña á tu casa mañana.
—Si, mándala.»
León tosió secamente.