Aquella noche (y todos los datos comprueban que fué la noche del día, recuérdese bien, en que el Marqués de Tellería visitó á León Roch), Milagros hablaba animadamente con un señor viejo y engomado, caballero de no sabemos qué Orden, varón inocentísimo, no obstante su jerarquía militar, pues era uno de esos generales que parecen existir para probarnos que el ejército es una institución esencialmente inofensiva.

«No intente usted consolarme, General. Estoy abrumada de pena... Usted ha dicho en versos preciosos que el corazón de una madre es tesoro inagotable de sufrimiento; pero el mío ya está hasta los bordes, el mío no puede resistir más, rebosa.

—¿Y de qué sirve la resignación cristiana, querida?—dijo aquel Marte, cuya inocencia envidiarían los querubines á quienes pintan sólo con cabeza y alas.—El Señor enviará á usted consuelos inesperados. ¿Y María, está resignada?

—¿Cómo ha de estar ese ángel? ¡Pobre hija mía! ¡La crucificarán; y no exhalará un gemido!... Dios permite siempre que los seres más virtuosos y más santos se vean sujetos á mayores pruebas. Como á mi adorado Luis, á María la quiere Dios para sí; á aquél dió padecimientos físicos, á ésta se los da morales.

—Cada día—dijo el General haciendo un movimiento de horror que daba cómica ferocidad á su cara de arcángel con bigotes blancos,—vemos que aumenta el número de los escándalos, de las miserias, de las desvergonzadas infamias... Cada día disminuye el respeto á las leyes divinas y humanas... No se ve un carácter entero, no se ve un rasgo caballeresco, no se ve más que descaro y cinismo... Juzgue usted, querida Milagros, á dónde llegará una sociedad que cada día, cada hora se aparta más de las vías religiosas... Pero no, ¡pese á tal! aún hay santos, señora, aún hay mártires. Su hija de usted, abandonada cruelmente por su marido, á causa de su misma virtud, y precisamente por su inaudita virtud, precisamente por su virtud, repitámoslo mil veces, es un ejemplar glorioso, es más, una enseña, una bandera de combate.»

Era ciertamente bandera de guerra. En el salón había varios grupos, y en todos se hablaba de lo mismo. ¡Abandonarla sólo por la misma sublimidad de su virtud!... Esto merecía la ira del cielo, esto clamaba venganza, un nuevo diluvio, la sima de Coré, Dathán y Abirón, el fuego de Sodoma, las moscas de Egipto, la espada de Atila... De todas estas calamidades, la que parece prevalecer hoy, cuando los extravíos de los hombres exigen expiación, es la de las moscas de Egipto, pues esta muchedumbre picona es lo que más se asemeja á la cruzada de chismes, anatemas de periódico y excomuniones láicas con que la gente de ciertos principios azota á la humanidad prevaricadora.

«Si la separación hubiera sido por otros móviles...—decía un poeta á un periodista,—podría tolerarse... pero ya es un hecho evidente que León...»

Siguió un cuchicheo mezclado de risillas. Dos viejas metían su hocico en el grupo para aspirar con delicia la atmósfera de maledicencia, más grata para ellas que el aroma de rosas y jazmines.

«Hace tiempo que yo lo sospechaba—dijo la de San Salomó á un diputado que ocupaba el sillón arzobispal en el coro ultramontano.—Pepa Fúcar es una descocada. En esa casa de Fúcar la moral ha sido siempre un mito. El modo de hacer millones corre parejas con el modo de querer.