—Sin duda las relaciones de León con Pepa son antiguas,—dijo el diputado, que gustaba mucho de comer en casa de San Salomó, y que solía agradecerlo aceptando con aumento las insinuaciones malignas de la Marquesa.
—Por lo que se sabe ahora y por ciertos datos que yo tenía—indicó Pilar saludando con una mirada de reconvención á Gustavo, que á la sazón entraba,—puede asegurarse firmemente que son muy antiguas.»
Después siguió hablando al oído de aquel digno hombre, que á pesar de estar resuelto á no asombrarse de nada malo, no pudo ocultar su pasmo y perplejidad.
«¡Hija de León!» murmuró.
No lejos de allí, el de Tellería expresaba una idea nueva, enteramente nueva; una idea que salía de su boca entre alambicadas frases, que eran como los cuidados de que la rodeaba el cariño paternal. Esta idea era que todos somos iguales, que no hay nadie que sobresalga, que el mundo es horriblemente uniforme; que él (el Marqués) iba perdiendo la fe en la tradicional y proverbial caballerosidad del pueblo español...
«Se ve palpablemente la ruína y acabamiento de la sociedad—declaró el General;—y aún hay ilusos que no quieren creerlo, lo cual no empece que sea cierto... Observen ustedes un hecho, un hecho inconcuso...»
Todos miraron al General, esperando la declaración de aquel hecho que podría parecer una batalla, según la expresión de valor negativo con que el ilustre caballero lo anunciaba.
«Observen ustedes este hecho. Siempre que hay un escándalo, un ruidoso escándalo, véase quién lo ha producido. ¿Quién lo ha producido? Pues un hombre sin religión, uno de esos homúnculos enfatuados y soberbios que insultan con su desprecio á la moral cristiana, y á quienes vemos por ahí haciendo gala de una fortaleza imprudente, alzar la fronte e minacciar le stelle.»
Un silencio solemne, señal del asentimiento más solemne aún de los circunstantes, acogió estas palabras. Entre el diputado arzobispal y un periodista trabóse ligera disputa sobre si León Roch era un criminal de ligereza ó criminal de perversión.