—¡Por Dios, no te pongas así!... Vas á llamar la atención—dijo la Marquesa alarmada de la altivez de su hijo.—Estás ridículo.
—¡Ridículo!—exclamó Gustavo con acento de amargura.—No me importa. Después de todo, yo soy aquí el único que conoce el envilecimiento en que vivimos.
—¡Gustavo!
—Lo digo por mí, sólo por mí. Esta casa, lo mismo que la mía, ha llegado también á causarme horror. El susurro constante de la moral hablada me ha ensordecido, impidiéndome oir el grito de la verdad, que tanto menos se dice cuanto más se siente. No estoy nada satisfecho de mi papel en el mundo, ni del estado de mi casa, ni de la conducta de mi familia, ni del giro mundano y cínico de mis amistades. No estoy satisfecho de nada, y ambiciono un destierro voluntario que me ponga á distancia de todos los que llamo míos.
—¿Quieres añadir nuevos disgustos á los que ya sufre tu pobre madre?—dijo ella con visibles muestras de enternecimiento.—¡Emigrar tú, renunciar á tu porvenir...! ¡No esperar siquiera á ser ministro...! Ya sabes... otros...
—¡Es un delirio esto de emigrar! Yo no puedo salir de aquí. Mi ambición y mi vergüenza son una misma cosa, y estoy pegado á ellas como el caracol á su covacha. ¡Aquí siempre! Siempre pegado á mi familia, á mi partido, á mi clase, á mi moral.»
Dió á este último vocablo amargo acento de ironía.
«Seguiré viendo lo que veo y oyendo lo que oigo... ¡Ah! tengo que anunciar á usted una nueva calamidad. Polito ha sido abofeteado públicamente esta tarde en una casa que no quiero nombrar, á consecuencia de una disputa por deudas de juego. Hubo golpes, botellazos, gritos de mujeres borrachas, intervención de la policía...
—¿Pero han hecho daño á mi hijo?—exclamó la de Tellería con maternales ansias.
—No: una contusión ligera; pero se ha enterado toda la calle de... tampoco quiero nombrar la calle. ¡Ay!—añadió dando un gran suspiro.—Vivimos en la época de las tristezas y en el verdadero día de la ira celeste. Pero desde hoy quiero tomar la dirección de los asuntos de casa. Veremos si yo la saco de este conflicto, salvando el honor aparente, ese honor que no es una virtud, sino un letrero. Por de pronto, censuro que papá haya visitado á León con las miras que sospecho.