«Serénate, hijo—le dijo ésta con acento cariñoso.—Todos padecemos tanto como tú; pero no nos falta paciencia.
—Pues á mí me falta.»
Siguió la conversación sobre este tema, sin más de notable que haber afirmado el Marqués su creencia firmísima de que todos somos lo mismo. Después clareóse considerablemente el grupo: Pilar atrajo mucha gente leyendo en voz alta un artículo de Luis Veuillot. Gustavo y su madre pasaron al gabinete inmediato.
«¿Es cierto que papá ha estado hoy á ver á León?
—Es cierto.
—Me temo que su viaje á Carabanchel llevaría otro objeto. Será una nueva ignominia...
—¿Qué hablas ahí de ignominia, tonto, quijote?
—Sí—dijo Gustavo, revelando en los ojos su ira:—me temo que papá haya ido á postrarse á los pies de nuestro enemigo para pedirle...
—¡Qué absurdo, hijo!... Nosotros, nosotros solicitar de ese...
—No me llamaría la atención. Estoy acostumbrado á ver cosas muy horrendas. No extrañe usted, mamá, que las vea en todas partes. Yo visitaré á León, yo le hablaré. ¡Quién sabe si no es tan culpable como le suponen!... Si realmente ha abandonado á mi hermana para vivir con otra mujer, nuestras relaciones con él deben concluir. Será un extraño para nosotros. ¡Qué cosa tan infame, tan infernal, haber recibido ciertos favores de tal hombre, y no poder arrojarle á la cara...!