—No ha sido con mi aprobación,» repuso Gustavo, que contenía en su pecho la ira.
Palideció: su frente, su ceño, su seriedad hosca anunciaban tormentas pasadas. Tiempo vendrá de conocerlas.
«Me anuncia este padre de la patria—dijo Pilar alzando la voz,—que no pronunciará mañana el discurso contra la totalidad del artículo veintidós.»
Sonó un rumor de descontento.
«El presidente le cambiará el turno.
—¡Y yo que tengo las papeletas en casa!
—¿Cuándo será?
—Este triste asunto de su hermana—dijo la de San Salomó mirando á Gustavo con expresión de afectada pena,—le ha trastornado el cerebro.»
Gustavo se acercó al grupo en que estaba su madre.