Estaba exenta María de aquel idealismo febril de su hermano Luis, y aunque ella se proponía imitarle en todo, era en sus ideas y en sus prácticas muy distinta. Su enfermiza devoción parecía un delirio nacido de la cortedad de inteligencia, limitado por los sentidos y exacerbado por la contumacia de su carácter asaz soberbio. Respecto de su consorte, las ideas y sentimientos de la señora eran muy extraños. Ya sabemos qué clase de amor le tenía, el único en ella posible. ¡Cuánto había trabajado en sus soledades de penitente para dominar aquel amor! ¡Cómo torturó su imaginación! ¡Qué de monstruosidades inventó para representarse feo al que era hermoso, desabrido al que era galán y seductor, repugnante al pulcro y lleno de atractivos! María Egipciaca pensaba que mientras conservase en su mente la ilusión de aquel compañero de sus días y noches, no habría en ella verdadera santidad. Si tenía ó no razón, ¿quién lo sabe? Sólo Dios, que con su vista infinita conocía la calidad de aquella ilusión.
«¡Si León no fuese ateo!» pensaba á cada instante. Y aquí entraba lo irreconciliable, aquí la idea de no tener jamás trato moral ni doméstico con semejante hombre. Había la dama consultado con el pensamiento la voluntad de su hermano, que, como sombra cariñosa, venía en las noches solitarias á vagar sobre su lecho santo, y la voluntad de Luis Gonzaga era que no debía existir entre ella y el ateo relación de ninguna clase; que estaba manumitida de la esclavitud matrimonial, relevada de su carga de deberes, libre para no pertenecer más que á Dios.
A las veces despertaba con zozobra y agonía, bañada la frente de sudor, trémula y acongojada. «¿Y si quiere á otra?» murmuraba. Aquí tomaban sus ideas un giro nuevo. Podía su extraviado espíritu conformarse con la idea de que muriera León, aun con la idea de no ser amada por él; ¡pero que su marido viviese y amase, viviendo y amando á otra...! ¡que fuera para otra lo que había sido suyo...! En esto consistía el martirio de aquella mujer, su mortificación constante, y al llegar á tan delicado punto, todo su sér saltaba con un impulso, no de pura pasión, sino de apasionado egoísmo.
Durante la época en que León se iba apartando lentamente de ella, María gozaba en mortificarle, gozaba en verle entrar todas las noches, porque es cosa que halaga al verdugo la puntualidad de la víctima en ponerse bajo su azote. A veces, por la fuerza de la costumbre y por el afecto verdadero que el largo trato había hecho nacer en ella, sentía mucho gusto de verle; pero disimulaba esta alegría y aquel afecto. ¡San Antonio! No convenía dar á conocer que el ateo era bien recibido. Secretamente solía interesarse por todo lo que á él atañía: dirigía mil preguntas á los criados, y si estaba enfermo, prontamente le hacía llevar medicinas, guardándose bien de mandarle el agua de Lourdes y las mantecas del perolito, por no ser estos ingredientes eficaces sino para el que cree en ellos.
Cuando hablaban tenía que hacer grandes esfuerzos para no contemplar con agrado la simpática y para ella seductora figura de su esposo, y luego, al encontrarse sola, se arrepentía de ello, se castigaba mentalmente, se llamaba perversa, lasciva, y pedía auxilio á la memoria de su hermano y á la virtud de veneradas reliquias, «¡Si no fuera ateo...!» decía y á veces al decirlo lloraba.
Cuando León se retiró definitivamente, la esposa, que le había expulsado diciéndole: «mi Dios me manda que no te ame,» sintió un descorazonamiento, un vacío, un inexplicable terror... ¿De qué? No lo sabía fijamente. Durante una noche entera, la noche aquélla que mencionamos, no pudo poner en su mente una idea devota. Sentíase aturdida, y en su cerebro retumbaba un rumor de malos pensamientos, como pisadas de fantásticos corceles que vienen de lejos dando resoplidos. Necesitó largas lecturas y consultas y amonestaciones de clérigos para poder echar alguna tierra sobre el hermoso cadáver del bien perdido; rezó de lo lindo, se mortificó, puso en gran trabajo la imaginación por su método favorito, que era representarse feo lo que era hermoso, amargo lo dulce, asqueroso lo recreativo y placentero. Este horrible trabajo de limpiar el alma por medio de la fantasía, afeando y cubriendo de inmundicia las nobles galas del amor, las bellezas de la vida, no era nuevo en ella. Los ermitaños y cenobitas la han hecho, completándolo con las mortificaciones exteriores. María Egipciaca trabajó horrendamente en las tinieblas de su atormentado cerebro por representarse como nefandos y teñidos de lúgubres colores, los alegres días de su luna de miel y las más pacíficas y dulces horas de su vida de casada. ¡Espantoso desorden, horrible anarquía del alma!
Como se ha dicho, María, al verle ausente para siempre, sintió un vacío, una desazón, una inquietud, una soledad... ¿A dónde había ido? Sin dar á conocer su turbación, hizo varias preguntas. En sus rezos meditaba la santa sobre esta profanidad... ¡San Antonio! Indudablemente aquel hombre era suyo. Indudablemente lo suyo, lo verdaderamente suyo, no debía ser para los demás. ¡Cómo fulgura á veces la lógica en los entendimientos más turbados! Lo extraño era que, á pesar de lo que María llamaba ateísmo de León, siempre había visto en él un fondo de honradez que le inspiraba confianza. Jamás pensó, ¡tan limitada era su inteligencia! en el problema de compaginar aquel ateísmo con esta honradez. ¿Por qué creía ella en la honradez de un ateo? No podía decirlo; pero indudablemente la confianza existía. Ahora, con la partida de su esposo, de su compañero, de su hombre, desaparecía la confianza. Atormentada fué durante no pocos días por una sensación muy singular. Enorme y fea víbora se acercaba á ella, la miraba, la rozaba, se escurría resbaladiza y glacial por entre los pliegues de su ropa, ponía el expresivo hocico de ojos negros en su seno, oprimía un poco, entraba primero la cabeza, después el largo cuerpo hasta el postrer cabo de la cola delgada y flexible. Entrando, entrando, la horrible alimaña se aposentaba en el pecho, se enroscaba despidiendo un calor extraordinario, y se estaba quieta como muerta en la abrigada concavidad de su nido.