«Así es que el nombre de santa me parece poco... Y dime tú: ¿qué nombre deberíamos dar al que teniendo en su casa este tesoro de virtud y de bondad, huye de ella y desprecia el tesoro y se cubre de baldón desdeñando el oro por el estaño, y poniendo en lugar del ángel que Dios le dió por mujer, á una...?
—Pilar... ¡por Dios! ¿te refieres á mi esposo?
—¡Oh! amiga de mi alma—dijo la de San Salomó, que había enrojecido dando muestras de gran agitación.—Perdóname si me pongo furiosa al hablar de esto. No puedo remediarlo.
—Pero León... Pilar, tú no sabes lo que dices. Mi marido es un hombre formal.»
Si de María se ha dicho que era limitada de inteligencia, algo basta de sensibilidad, pues su corazón de fibras gruesas y sin finura carecía de aptitud para los afectos entrañables y delicados, con la misma lealtad se ha de manifestar lo que en ella había de bueno, y era un fondo de honradez, un cimiento de esa rectitud innata que engendra siempre cierta confianza candorosa en la rectitud de los demás. La dama penitente se sublevó contra las reticencias de su amiga.
«Veo—dijo ésta,—que estoy cometiendo una gran indiscreción. Sin duda no sabes nada.
—¡Que no sé nada!... ¿de qué?
—¡Oh! no: debo callarme. Yo creí que tu mamá...
—Háblame con claridad... has nombrado á mi marido.