Pronunció el también á los mártires con entonación fuertemente intencionada.
«¡Oh! no me hables así—dijo la Egipciaca, que aunque gustaba de los elogios, tenía costumbre de disimular aquel gusto.
—Yo te admiro mucho, muchísimo—añadió Pilar con arranque cariñoso,—porque estoy muy lejos de tí, porque disto mucho de parecerme á tí. ¡Ay, querida mía! si Dios me concediera el andar un pasito solo de ese camino de perfección en cuyo fin estás tú y que yo ni aun he podido principiar... ¿Sabes lo que pienso? Que voy á intimar más contigo, á acompañarte en tus rezos si lo permites, á leer lo que tú leas, y mirar lo que tú mires, y pensar en lo que tú pienses, por ver si de ese modo se me pega algo. Por de pronto, deseo y te pido que me des algo tuyo, un objeto cualquiera, un pañuelo, por ejemplo, para tenerlo siempre aquí sobre mi pecho, como se tiene una reliquia. Yo quiero que me toque constantemente algo que te haya tocado á tí... Aunque no fuera sino porque al ver tu pañuelo me acordaría de tí y de la virtud, y podría atajar un mal pensamiento ó una mala acción... ¿Te asombras? Pues no debes asombrarte, queridísima. Ma petite, tú no te estimas en lo que vales. Mira, cuando te mueras la gente ha de andar á mojicones por conseguir pedacitos de tu ropa.
—Pilar, que estás ofendiendo á Dios con tus lisonjas.
—Eres tan buena que te escandalizas de oirlo decir. Así era tu hermano Luis, que en la gloria está. Pero tú vales más que él.
—¡Pilar, por amor de Dios!—exclamó María verdaderamente escandalizada.
—Más que él; yo sé lo que digo.
—¡San Antonio!
—Más que él... Él fué santo; tú además de santa eres mártir. Has llegado al sumo grado de la perfección cristiana. Yo no conozco criatura más alta que tú, y no sé si sentir por tí más lástima que admiración, ó más admiración que lástima.»
María no entendía bien.