La de San Salomó creyó oportuno tomar la palabra.

«La gravedad del delito—afirmó,—consiste en la calidad de la víctima, María. Falta grande es hacer traición á una mujer cualquiera; pero hacer traición á una santa... No sé á dónde irá á parar esta sociedad que nada respeta, y que aboliendo, aboliendo, ya se atreve á la abolición del alma. ¡Oh! c’est degoutant. ¡Y luego extrañan los perversos que haya un puñado de hombres de bien decididos á impedir la jubilación de Dios! ¡Y se espantan de que esos hombres levanten una bandera salvadora y se lancen á pelear por la sagrada causa de la Religión, madre de todos los deberes! Si son vencidos por la perfidia, que hoy es dueña de todo, no importa; ellos volverán, ellos volverán y volverán, hasta que al fin...»

Dicho esto se levantó, y dirigiéndose á un armario de luna que en el contrario testero estaba, durante un rato se recreó en su interesantísima persona, volviendo el cuerpo á uno y otro costado para ver si caía bien su elegante manteleta, si el efecto de su sombrero era bueno. Con sus preciosas manos enguantadas tocó aquí y allí delicadamente para pulsar un pliegue, ó retirar un mechón de cabellos que avanzaba mucho. Después se volvió á sentar.

«¿Sabes ya que vive con ella?—dijo la de Tellería á su hija, confundiendo las palabras con un beso.

—¡Con ella!—gritó horrorizada María, apartando de sí la cara harto pintoresca de su madre—. ¿En dónde?

—En Carabanchel... León ha tenido la desvergüenza de alquilar una casa junto á Suertebella... Se comunican por el parque.

—Voy allá,—dijo María levantándose y tirando con mano convulsa del cordón de la campanilla.

—Sosiégate... No, no hay que tomarlo así.»

A la doncella que entró dijo María: