«Mi vestido negro.

—Sí, sí: bonita vas á ir—dijo la Marquesa sonriendo,—con tu vestidillo de merino, el único que tienes... En caso de ir, y eso lo discutiremos ahora, debes ponerte muy guapa, pero muy guapa.

—¡Oh!—exclamó la penitente con expresión de inmenso dolor.—No tengo ropa: he dado todos mis vestidos de lujo.

—¿Y quieres ir con el trajecillo de merino?... ¡Pobre tonta! ¡Qué poco conoces el corazón de los hombres!... Eso es: preséntate á tu marido hecha un mamarracho, y verás el caso que te hace... La apariencia, la forma casi, ó sin casi, gobiernan el mundo.

—Antes discutamos si debe ir,—insinuó la de San Salomó.

—Sí: quiero ir allá... quiero,—gritó María cruzando las manos y poniendo ojos de espanto.

—Nada de tragedias, nada de escenas, ¿eh?...

—Me parece peligroso que vayas. ¿Y si te expones á un desaire mayor, si te encuentras de manos á boca con Pepa ó con su niña... suponiendo que la nena esté, como dicen que está siempre, en los brazos de su papá?...

—¿De su papá?—dijo María.—¿Pues no ha muerto Federico?