—No, tonta—manifestó la de San Salomó, poniendo la cara que es de rigor cuando se coge una aguja larga y muy fina y se atraviesa de parte á parte el pecho de un pobre bicho destinado á las colecciones de Historia Natural.—No, tonta: el papá es tu marido.
—¡León!... ¡Mi marido!... ¡padre de Monina!—exclamó la de Roch, quedándose otra vez como idiota.
—La gente lo dice por ahí—indicó Milagros intentando atenuar la crueldad de la noticia.
—Y tú ¿qué crees? ¿qué crees tú, mamá? ¿será cierto?» dijo María, preguntando á las dos con febril ansiedad.
Pilar, lo mismo que la de Tellería, no eran mujeres perversas; su lamentable estado psicológico, semejante á lo que los médicos llaman caquexia ó empobrecimiento, provenía, de la depauperación moral, dolencia ocasionada por la vida que ambas traían, por el contagio constante y la inmersión en un venenoso ambiente de farsa y escándalo. Pero algo había en ellas que pugnaba contra la depravación llevada á tal extremo, y asustadas de la enormidad del cáliz que habían puesto en los labios de María, trataron de atenuar su amargura.
«No: yo creo que eso es fábula...
—No: yo creo...»
La de San Salomó, que era un poquillo más mala que su amiga, no acabó la frase. Después dijo: «La gente se funda en cierto parecido...
—¿De Monina?
—Con León... Yo verdaderamente no sé qué pensar. Sospecho que esas relaciones son muy antiguas.»