María rebotó de su asiento. No hay otras palabras para expresar aquel salto brusco de corza herida en sueños, y aquel abalanzarse á su vestido negro para ponérselo y correr á Suertebella.
«No te precipites, no seas tonta—dijo su madre deteniéndola.—Ya no es hora de ir allá. ¿No ves que anochece?
—¿Qué importa?
—No, de ninguna manera.»
La tarde caía y la estancia se llenaba de sombras. Las tres damas apenas se veían.
«Luz, luz—gritó María.—Me muero en esta obscuridad.
—Yo creo que debes ir—afirmó Milagros;—pero no esta noche, sino mañana.
—Marquesa, ¿ha meditado usted bien ese paso?—dijo la de San Salomó.—¿No será eso una humillación? ¿No será mejor el desprecio?
—¡Oh!—exclamó la solícita y amorosa madre.—Yo confío... hasta en la reconciliación.»