Su confianza no era grande; pero la suplía el deseo.
«¡Reconciliación! ¡qué loca esperanza! ¿Crees tú en la reconciliación?
—No sé, no sé—repuso María mostrando su incapacidad para responder á esta pregunta como á otra cualquiera.—Yo no quiero reconciliación, sino castigo.
—¡Oh! no estamos para melodramas—dijo la de Tellería extendiendo las manos, con esa afectación de los sacerdotes que salen en las óperas vestidos siempre con una sábana blanca.—Paz, paz... María, es preciso que vayas, y que vayas vestida como la gente. ¡Uf! ese olor de la lana teñida no se puede resistir.»
Las dos Marquesas prorrumpieron en risas, mientras Pilar arrojaba lejos el traje de su amiga. María dirigió á su hábito de merino negro una mirada de indignación que quería decir: «¿Por qué no eres de seda y de corte elegante y á la moda?» Por primera vez desde que renunciara al mundo le pareció fea la sencilla hopa de su santidad, que un día antes no habría trocado por el manto de un rey.
«La cuestión de vestido es fácil de arreglar—dijo la de San Salomó.—Tú y yo tenemos el mismo cuerpo. Te traeré vestidos míos para que escojas.
—Y manteleta.
—Y sombrero.
—También sombrero; ¿á qué hora vas á ir?
—Yo iría ahora mismo.