—No: mañana al mediodía. Es preciso no olvidar las conveniencias, las horas convenientes, las ocasiones convenientes,—indicó la de Tellería.

—Voy á comer... vuelvo en seguida—dijo Pilar.—Te traeré lo mejor que tengo para que escojas. Te pondremos guapísima. Pues no faltaba más sino que Pepa Fúcar se fuera á reir de tu facha estrambótica. Dentro de hora y media estaré aquí. Hoy no tengo convidados, y mi marido come fuera con Higadillos, un par de chulos y dos diputados... Adiós, querida... Milagros, addio

Besándolas á entrambas, se retiró. En el tiempo que estuvo fuera, la Marquesa comió un poco, María nada; pero no era el Almanaque quien le había impuesto el ayuno. Pilar volvió trayendo su coche atestado de preciosidades indumentarias, vestidos riquísimos, manteletas, abrigos, y para que nada faltase, trajo también sombreros, botas de última moda y hasta medias de alta novedad. La pícara propagandista clerical se cubría con aquella estameña. Los criados y la doncella fueron subiendo todo y poniéndolo en sillas y sofás. María contemplaba con mirada atenta y turbada los diversos colores, las formas peregrinas y caprichosas ideadas por el genio francés. Parecía que miraba y no veía.

«¿Qué te parece? A ver, ¿qué vestido escoges?

—Este es bonito—dijo María fijándose con indiferencia en uno.—¿Quién te lo hizo?»

Y después estuvo contemplándolo con asombro un mediano rato. Parecía un viajero que vuelve de largo viaje y se pasma de ver las modas cambiadas.

«¡Qué cuerpo tan estrecho!—dijo.

—Este color perla te sentará bien.

—No: prefiero el negro.

—El gro negro... con combinación de faya pajizo claro. ¡Oh! admirable. Has tenido buen gusto.